viernes, 21 de octubre de 2011

Roma (I)

¡Ay, Roma! Roma al revés es “amor”. Seguro que esta chorrada ha transitado por la mente de millones de castellano-parlantes antes de hacerlo por la mía. La verdad, lo desconocía hasta que se me ocurrió mientras saboreaba una pizza indiscutible en un restaurante cercano al Coliseo, en la noche del Jueves Santo de 2006. Generalmente, para un historiador del arte Roma es algo así como la Meca y como un parque de atracciones de alto valor estético: una mezcla perfecta de religión y ocio. El tener que ir y el querer ir, obligación y voluntad, se unen en perfecta armonía, y claro, la devoción y la fascinación por la ciudad eterna antes del viaje suelen transformarse en amor declarado tras la primera visita, aunque todo es matizable. Yo tardé “bastante” en caminar sobre sus adoquines, contaba con 27 primaveras y acababa de casarme. Luego he regresado y espero volver pronto. Para volver a Roma, me vale el mismo argumento que para ver una buena película dos mil veces y una más, y es que siempre la disfrutarás y siempre descubrirás cosas nuevas.








Antes de ir a Roma, lo primero que quería saber era la forma en la que sus monumentos estaban distribuidos por el espacio. Los había estudiado, los había admirado en fotos, pero cada uno de ellos formaba un núcleo asilado de los demás dentro de mi cabeza. Roma era el elemento en común, el todo y la suma de sus partes, y debía extenderse de algún modo entre la Capilla Sixtina, el foro romano, el templete de San Pietro in Montorio y el Panteón de Agrippa, por citar unos pocos ejemplos. La pregunta era: ¿cómo? Vale que todas esas cosas y muchas más puedan juntarse en las páginas de un libro, pero ¿cómo pueden unirse en una misma ciudad? Antes de ir a Roma, me parecía inexplicable. Todavía hoy, después de haber ido tres veces, me lo sigue pareciendo. En los días previos al viaje escudriñé planos de papel en busca de respuestas anticipadas, recorrí calles estrechas y serpenteantes con la yema de mi dedo índice y traté de memorizar decenas de recorridos. Hay que decir que en 2004, al menos para mí, el Google Earth y su Street View formaban parte del futuro. No sé si ya existían, pero mis recursos fueron los planos de toda la vida, algunos documentales y películas como “Vacaciones en Roma”. Algo pude intuir de la idiosincrasia de la ciudad viendo a unos jóvenes Gregory Peck y Audrey Hepburn al manillar de su intrépida Vespa, haciendo el loco por Roma en blanco y negro como lo hacen los romanos anónimos de hoy a todo color. No lo podía imaginar hasta que no lo vi con mis propios ojos, pero es cierto.




Como decía, mi primer viaje a Roma fue el de la llamada “luna de miel”. Hay que ver, ya suena a expresión arcaica… Hace años, pero no tantos, viajar, y viajar “lejos”, era una circunstancia excepcional que se daba en contadas ocasiones en la vida de una persona. De esas pocas ocasiones, la que se daba justo tras tu boda debía ser la mejor. Sigo pensando que aunque ahora viajar ya no sea tan extraño, aunque lo hagamos a la mínima que pillamos un puente de tres días (quizá tirándonos dos en un avión), el viaje de novios o “luna de miel” es el mejor viaje de todos. Lo decía mi cuñado Jose y tenía razón: no es solo el hecho de estrenar tu nuevo estado civil con un viaje, ni tampoco el que se te recompense la larga, estresante y farragosa tarea de organizar una boda con unas vacaciones de quince días establecidas por ley… Es que todo eso ayuda a que lo disfrutes de una manera especial. En esos momentos sabes que, si todo marcha bien, harás más viajes en tu vida pero ninguno en esas mismas circunstancias.

Pues bien, para tan especial viaje elegimos Roma (junto con unos días en Florencia y un fin de trayecto en Venecia). Optamos por el Valhala del historiador del arte, y mis dudas al respecto de lo que rodea y envuelve a tantas obras maestras de arquitectura, pintura y escultura, se fueron aclarando en primera instancia con un hecho que poco o nada tiene en común con el ánimo de unos recién casados: “scioppero generale” o algo así, es decir, huelga general. Sí, el mismo día de nuestra partida, a las seis de la mañana y frente al mostrador de Iberia en el aeropuerto del Altet, nos enteramos de que Italia tenía una primera sorpresa reservada para nosotros. Bien es cierto que aquí la culpa no es de los romanos y que su intención no fue sorprendernos: la huelga general en el sector del transporte estaba convocada desde hacía semanas, pero nadie en Viajes Iberia consideró oportuno avisarnos. El vuelo tenía escala en Barcelona y desde allí estaban cancelados todos los vuelos a Italia, así que nos fuimos a Madrid y, tal y como hacían los que esperaban un salvoconducto en el bar de Rick para salir de Casablanca, tirados en una silla de Barajas esperamos nosotros la manera de llegar a nuestra luna de miel. El gozoso momento se produjo unas ocho horas después de lo previsto, pero había más: cuando al fin llegamos a Roma, el transfer al hotel que habíamos pagado no contaba con nosotros en su lista de viajeros. El hombre que sostenía el cartel de Viajes Iberia, tras simular incomodidad con una mueca (en realidad le importaba un pijo), nos invitó a tomar un autobús y luego un metro (y ya puestos, también un carro de heno, un patinete y un triciclo), guardar los tickets y pedir el abono a la agencia cuando estuviésemos de vuelta. “Sí, hombre, sí”, dijimos con acritud. Nos montamos en un taxi que nos dejara sin trasbordos en la puerta del hotel, guardamos el recibo y aún estamos esperando que Viajes Iberia nos lo abone, cosa que jamás sucederá.




Nos montamos en un taxi, sí, y digo la verdad si afirmo que a los dos minutos de iniciar el traslado a Roma, el shock mental que nos produjo enterarnos de la huelga, el cansancio por el horrible día de estar tirados en aeropuertos y el enfado por no tener transfer desaparecieron de nuestra mente. En el fondo, ¡qué buen rollo, los romanos! Gracias al taxista se borraron los malos tragos. Y se borraron de golpe, nunca mejor dicho. Esperé un golpe fuerte durante todo el trayecto: con el coche de enfrente, con el camión de al lado, con la moto del otro lado, con el quitamiedos de la autovía (el “metemiedo” de la “autostrada”)… Y ya por las calles de la ciudad, esperé el golpe contra los árboles, contra los bordillos, contra los abuelos suicidas que se lanzaban delante de nosotros para cruzar la calle… El taxista no estaba alterado, o al menos, no por esos hechos. Nos hablaba de lo divertida y bonita que es Roma, de su trabajo, de los turistas que han tomado el Trastevere y de los sitios buenos que conoce para comer bien y que nadie más conocía. Todo ello gesticulando alegremente con las dos manos, soltando durante interminables segundos el volante. El hombre era muy educado: mientras nos hablaba no dejaba de mirarnos a los ojos en señal de respeto y atención, en lugar de mirar hacia la carretera. Yo, sentado en el asiento del copiloto (el asiento de “la-palmo-fijo”), me agarraba al chasis del vehículo, echaba la cabeza hacia atrás y varias veces hice el gesto instintivo de pisar un freno imaginario con mi pie derecho, deseando que aquel fuera un coche de autoescuela con doble mando. Solo un momento de relax y alegría: en un atasco, en la Vía del Teatro Marcello, el coche no tuvo más remedio que detenerse. Miré a la derecha y de pronto vi la escalinata que asciende hasta la plaza del Campidoglio, cuyos edificios iluminados se asomaban a la noche romana. Luego pasamos por el caos del caos, es decir, por el requetecaos de la plaza Venecia, presidida por el “pequeño y discreto” monumento a Víctor Manuel II. Luego callejeamos hasta el río Tíber, imperceptible por la falta de luz, lo cruzamos y llegamos al hotel junto a la plaza Cavour.




Bajamos del taxi algo mareados pero sin mácula de cansancio, con buen aspecto, joviales y eufóricos por haber sobrevivido. En ese estado me siento siempre que viajo en avión y acabo de tomar tierra. Mucho más que vivo, vivísimo. Ya no había enfado con Viajes Iberia ni con la huelga. Ya no estaba indignado porque me hubiesen soplado unas cuantas horas de viaje y estancia en Roma. De haber salido todo bien desde el principio, habríamos comido a mediodía en la ciudad eterna, habríamos descansado en el hotel y ya estaríamos de vuelta en la calle, buscando monumentos y pizzas. Dejamos el equipaje, nos sacudimos la suciedad y salimos a dar un pequeño paseo. Nunca olvidaré ese primer paseo romano y la impresión de que de noche, en Roma, hay amplias zonas sin iluminar o con un alumbrado público muy tenue. Al poco de salir empezó a llover, otra facilidad, pero nos dio igual. Cruzamos el río en la oscuridad por el puente Regina Margherita, llegamos a la plaza del Popolo, bajamos por la Via Ripetta y terminamos cenando en un diminuto restaurante, casi en la esquina con Tomacelli y el puente Cavour. No tendría más de cuatro mesas y estaba decorado con buen gusto, sin alardes y sin estridencias. Se notaba que el dueño era un tipo culto, muy leído y muy viajado. Tendría sus sesenta años largos, barba blanca, y conversaba animadamente con los clientes de una de las mesas. Contaba batallitas una tras otra. Pudimos entender que había vivido en Alemania y también en España, en Barcelona. Cenamos bien aunque la factura se elevó demasiado. No importaba: ¡Ya estábamos en Roma!




Roma, el denso caldo sobre el que flotan de manera incierta fideos de tanto valor: majestuosos palacios con su punto justo de decrepitud, rotundas iglesias que parecen catedrales y que te salen al paso en cada callejuela, en cada plaza… De pronto unas enormes columnas del glorioso Imperio Romano, allá las ruinas de un templo y en otra esquina una preciosa fuente barroca. Ante tanta arquitectura y tanto arte, me daban ganas de hacer reverencias continuamente. Las hubiera hecho si no fuera porque en muchos casos, sabía que antes de un segundo un coche me podía barrer de un plumazo. Algunas de las obras más bellas del arte universal se encuentran separadas (o unidas) por uno de los mayores caos de ruido y contaminación que pueda sufrirse. Es muy recomendable viajar hasta allí y conocer esas obras in situ para completar el conocimiento de las mismas. No solo para admirarlas directamente, sino también para contextualizarlas. Por ejemplo, “boquiabiértico” y “ojiplático” frente al “éxtasis de Santa Teresa”, obra de Lorenzo Bernini que ocupa un pequeño escenario teatral en el lateral izquierdo de Santa María de la Victoria, lo estimé mucho más bello que en las reproducciones fotográficas. “Normal”, me dirá cualquiera. Es innegable que este tipo de obras se disfrutan mucho más en directo, pero mi impresión cobra más valor si tenemos en cuenta que para llegar hasta allí, hay que echarle cojones y cruzar la Vía 20 de Septiembre.




En esa misma calle dos años después, en 2006, casi se cargan a mi mujer: antes de cruzar miró a un lado pero no miró al otro, y de pronto salió de la nada un Alfa Romeo enorme, con los cristales tintados, que debía circular a no menos de 100 Km/h. Yo iba detrás de ella y me di cuenta a tiempo. Grité y mi mujer frenó en seco. El coche pasó a un milímetro sin reducir la velocidad ni alterar su ruta en lo más mínimo. Después de algo así, contemplas el “éxtasis de Santa Teresa” y debes abstraerte de todo para admitir que prefieres verlo en directo a hacerlo en una reproducción fotográfica, en la seguridad y tranquilidad de tu hogar. Es así. A pesar de todo y si no te matan, compensa. El tiempo parece detenerse ante la obra de Bernini: Santa Teresa recostada sobre un amasijo de paños que se agitan, el ángel que la mira con dulzura y sostiene la flecha, a los lados los espectadores de mármol en palcos teatrales comentando la situación, y detrás de la pared, a tan solo unos metros, las bocinas de los coches que colapsan la calle Largo Santa Susana en dirección a la Vía Barberini y que retumban en el interior de la iglesia, los conductores que expresan su impotencia contaminando de humo y ruido a todo lo que les rodea. Pura escenografía barroca y postmoderna.




Los romanos están a otra cosa, y esa cosa suele ser incompatible con la que te lleva a ti hasta su ciudad. Ese tipo de relaciones poco compatibles son siempre difíciles: es como si tú quieres dormir y tu vecino tiene ganas de tocar la batería. Los romanos no se dan cuenta y si lo hacen, tampoco les importa. Saben lo que tienen (se supone) y a muchos de ellos les da de comer, pero no les pidamos encima que dejen de atronar con sus motos, de apabullar con las estridentes sirenas de sus ambulancias, de aparcar sus “Smart” en todas las esquinas obstaculizando el paso. Todo va con el paquete y el paquete no deja der ser maravilloso. De mi primer viaje a Roma, en los primeros días de diciembre de 2004, recuerdo la rivera del Tíber llena de hojas secas, rojas, marrones y amarillas formando una extensa alfombra. La luz y el color del otoño junto al ambiente y el olor prenavideño. Los puestecicos de artesanía y dulces en la plaza Navonna, los de verduras y flores en el Campo di Fiore, la calma y recogimiento que se respira bajo la cúpula que Borromini trazó para San Carlo de las Cuatro Fuentes… Recuerdo ir buscando la Fontana de Trevi por una callejuela y, antes de llegar, antes de verla, intuirla muy próxima por el sonido de sus chorros de agua y por el enorme bullicio que la envuelve día y noche. Recuerdo no hacer cola para subir a la cúpula de San Pedro, por la mañana pero tampoco demasiado temprano. Estar allí sentados en el banco de piedra que rodea la linterna, respirando aire fresco y contemplando la columnata de la plaza a nuestros pies, el río y detrás toda Roma, con la bruma cubriendo los tejados y envolviendo cúpulas y campanarios. Recuerdo también hacer muy poca cola en los Museos Vaticanos, recorrerlos durante horas sin apenas detenernos, admirar las estancias que pintó Rafael y, al final, entrar sin codazos y disfrutar durante un buen rato de las pinturas de Miguel Ángel en la capilla Sixtina.




Dejaré para la siguiente entrada el resto de mis impresiones y recuerdos sobre Roma. En especial, la sensación que me provocó una de las plazas más impresionantes que he visto, por no decir la plaza que más me gusta en el mundo (de aquellas en las que he estado): la plaza de la Rotonda, la que se abre frente al Panteón de Agrippa. De día o de noche, inigualable. Sin ir más lejos aquí está, en la cabecera de este blog, la primera foto que le hice al Panteón en una húmeda mañana de diciembre de hace ya casi siete años. También acompaño aquí abajo la foto que tomé en el viaje de 2006, llegando a la plaza de la Rotonda desde el Largo Argentina. Continuaré.

lunes, 17 de octubre de 2011

"Mi no entender" (divagación socio-religiosa).


En primer lugar, cimentaré la reflexión de hoy (no es que tenga proyectado un gran edificio, una sólida construcción argumental, pero hasta la casa más humilde necesita cimientos para no acabar en el suelo): respeto todas las opiniones y creencias que se expresan con respeto y que no atentan contra la libertad de los demás. Ya. Con ese cimiento bastará.


"Mi no entender". Veo las portadas de periódicos como ABC, La Razón o El Mundo, y escucho declaraciones de reputadas voces políticas del ámbito centrista español al respecto de las protestas mundiales del 15-O, y me cuesta mucho entender que esas mismas voces se declaren mayoritariamente cristianas. Esto lo digo, además, como cristiano bautizado que soy, como persona que celebra la Nochebuena con júbilo (y con cierta melancolía), como "un Pedro" que no le hace ascos (al contrario) a las felicitaciones en el día de San Pedro.

No soy teólogo ni experto en cuestiones doctrinales de fe, pero últimamente me planteo la siguiente hipótesis: si Jesús estuviera en la Tierra ahora, en 2011, ¿estaría preocupado por el rescate a los bancos y por recuperar la confianza de los inversores? ¿Le interesarían los informes de las agencias de calificación, los puntos básicos de la deuda y la situación del mercado financiero? Yo creo que estaría trabajando en el cuerno de África, luchando contra la muerte de niños que no tienen alimento. Quizá estaría en cualquiera de esos inmensos campos de refugiados hostigados por la sequía, la violencia y la especulación, o tal vez estaría manifestándose pacíficamente en el "primer mundo", esperando que el bíblico "los últimos serán los primeros" se haga realidad. Muy probablemente estaría, manos en alto, hablando y agitando conciencias, porque hasta donde sé, Jesús se comportó así. A su manera fue un antisistema, algo recomendable si el sistema no sirve a las personas sino que se aprovecha de ellas. Si el sistema es injusto, hay que cambiarlo, y así lo entienden multitud de organizaciones cristianas como Intermón, Manos Unidas y Cáritas, entre otras de diverso credo. Claro, para los que creen que este sistema es jauja, que falicita la justicia y el equilibrio en el mundo, lo normal es que los que le ponen "peros" y matices sean poco menos que diablos emplumaos.

La Iglesia es grande y heterogénea, eso es evidente. Cada uno tiene su manera de entender y practicar la fe, cada cual tiene su opinión sobre los problemas y sus prioridades: la familia, los anticonceptivos, el hambre, el divorcio, el deterioro medioambiental, la injusticia... Y en cada uno de esos temas se decantará de un modo distinto a como lo pueda hacer otra persona. Los hay que tienen una visión aterradora de Dios como implacable juez de nuestros actos, y por ejemplo, quizá ellos tendrían que protestar todos los días por la destrucción del planeta, de la Creación (¿qué hará el calentamiento global, al fin, sino abrasarnos con sus llamas?). Los hay en cambio que tienen una visión del Dios comprensivo, que confía en el género humano y en su capacidad de obrar bien. Esos seguro que estarán trabajando para mejorar el mundo en la medida de sus posibilidades, sea ayudando a los pobres de su barrio, investigando y buscando nuevas vacunas en los laboratorios o colaborando en las partes más humildes de la Tierra... También se puede protestar pacíficamente, aun a riesgo de que nos llamen vándalos y extremistas. Aunque nos llamen a todos "perroflautas". No salgo de mi asombro. En este orden (desorden) de cosas, "mi no entender".

(La imagen de cabecera está tomada de Periodismo Humano. Una indignada (¿perroflauta?) de 95 años, protestando por el caos que nos rige).

domingo, 9 de octubre de 2011

Las cuentas del mal

Esa frase, aquella de “llevar cuentas del mal”, es bíblica. La he escuchado en bodas y misas varias, entre los textos de obligada lectura. Me gusta la estética de la frase aunque no, obviamente, lo que simboliza, que es el rencor, el resentimiento. Dentro del proceso de maduración de una persona, del paso hacia la edad adulta, está como condición necesaria la superación (o el intento, al menos) de algunos de los defectos típicamente humanos, de algunas de nuestras clásicas debilidades. Serían aquellas actitudes poco saludables, poco prácticas, simples y primarias. Procuro tomármelo en serio y, cuando me descubro a mí mismo atascado en tales lodos, de verdad que me sabe mal. Uno de esos defectos primarios y a la vez tan naturales en el hombre es el rencor, pero no es el único: la envidia, la vanidad, la inseguridad, el egoísmo… No molan pero a veces nos pillan con la guardia baja, en baja forma, cansados o directamente encabronados. Toman rápidamente posiciones en nuestra cabeza, ocupan por un rato nuestro ánimo y hasta nos cambian el sabor de la boca. La verdad, me resulta molesto.

En los últimos meses he estado metido en un asunto muy bonito y muy costoso; el que me conoce ya lo sabrá porque lo he repetido mil millones de veces. He estado recopilando la historia de mi equipo del alma, el Club Baloncesto Murcia, localizando y entrevistando a algunos de sus protagonistas en el pasado, buscando información y tratando de difundirla de la mejor manera posible en Internet. El proceso concluyó con la autoedición (gracias a mi mujer) de un libro que recoge y guarda todo este trabajo para la posteridad. En el camino he ido recibiendo constantes palabras de agradecimiento y de ánimo por parte de mucha gente: de los mismos personajes que entrevisté, desde dentro y fuera del baloncesto, de personas directa o indirectamente conocidas y de gente a la que ni siquiera conozco en persona. Es muy satisfactorio y hace que cualquier esfuerzo merezca la pena. La última estación ha sido la presentación del libro, el pasado día 6 de octubre, en FNAC, y hasta ese último momento he ido sumando nuevas muestras de afecto y reconocimiento. Las menos han venido de parte del propio club, de su actual equipo directivo. Con las menos quiero decir que el agradecimiento y el afecto ha sido nulo, inexistente. Y claro, yo quiero ser maduro pero no dejo de ser humano y, por tanto, no dejo de ser imperfecto por naturaleza (de ahí que cuando erramos decimos aquello de “somos humanos”). En resumen: me ha entrado la mala leche y el rencor.

El problema viene al asociar sin remedio al actual equipo directivo del CB Murcia con el propio CB Murcia, con esa institución a la sigo y apoyo desde que era un tierno zagal, cuando eso de la maduración solo me remitía al estado de la fruta. Ahora que el que madura soy yo, me veo sintiendo una buena dosis de rencor hacia el club de mis amores. Ahora me duele haber hecho algo de lo que hasta ayer me enorgullecía: de haber estado pagando mi abono durante los cuatro últimos años, cuando gozaba de un pase de prensa gratuito y no necesitaba el abono de pago. Habré soltado cerca de 500 euros en este tiempo, mientras iba dejando el carnet a unos y a otros, tratando de ayudar al club y de difundir el baloncesto. Valiente locura, pienso, ahora que siento el resentimiento de un amante despechado.

Dicen los que entienden que la insatisfacción se transmite con más alegría que la satisfacción, aunque dicho así, suene contradictorio. Imagino que lo habréis oído otras veces: un cliente insatisfecho rajará de tu negocio varias veces más de las que lo alabará un cliente satisfecho. Como especie, lo que más nos gusta es rajar y quejarnos, y nos gusta incluso sumirnos en el resentimiento. Por eso, quizá, hay más canciones de desamor, más películas dramáticas, más libros tristes… Como decía antes, no me gusta nada embarrarme con tales sentimientos. Cuando contemplo desde fuera a una persona que los tiene, esa persona me da cierta pena. Sentir resquemor, llevar cuentas del mal, no mola nada y es una pérdida de tiempo. Hay quien solo confía en eso, en el tiempo, como sanador de tal dolencia. Yo confío en mi cabeza y en el sentido común. También en el sentido práctico que tanto me enfada a veces, pero que en otras cosas es absolutamente necesario. No es práctico sentir rencor, no satisface. Algo de razón tenían los filósofos estoicos, aunque al final se pasaran de rosca.

Este fin de semana ha empezado la liga ACB. Por primera vez en 23 años, he escogido voluntariamente otra actividad en lugar de a ir ver en directo a mi CB Murcia. Vaya, resulta que esa otra actividad es verlo por la tele, qué cosas… He dejado actuar al rencor durante un rato y cuando ha empezado el partido el que ha actuado he sido yo. Me he levantado un par de veces del sofá, he reprimido algún grito y he discutido decisiones arbitrales como si el colegiado pudiese oírme. Le he reprendido por su poco criterio y he vuelto a sentarme. Dejar de ir al Palacio es algo que jamás pensé que haría, es un acto de rencor, de cabezonería. Es poco práctico y primitivo, pero aunque muchas veces me joda, he de reconocer que soy un ser humano.

martes, 28 de junio de 2011

EQUO (y reflexiones alrededor)






En estas semanas de calores, de efervescencia social y de protestas en la calle, mientras mucha gente mira con un ojo a su cuenta corriente y con el otro a los atascos que le esperan camino de la playa, algo grande se está cociendo en salones de actos y centros culturales de toda España. EQUO, un proyecto político de raíz ciudadana (raíz, tronco y hojas), está en proceso de nacer. Debe hacerlo con prontitud y, una vez nacido, no tendrá tiempo de aprender a gatear, deberá levantarse y correr. La tarea que tiene por delante es tan inmensa como su ilusión y sus ganas de mejorar el mundo. EQUO empezará siendo pequeño, pero quiero pensar que una vez que esté en marcha, ya no habrá quien lo pare.


Juantxo López, el que fuera director general de Greenpeace en España durante diez años, es la cara visible de una idea tan genial como necesaria. Detrás, o mejor dicho, a su lado, un importante grupo de personas trabaja a destajo para ir materializando el apoyo de mucha gente que, aunque aún no lo sepa, comparte las mismas inquietudes que EQUO e idéntica visión sobre los problemas del planeta. En primer lugar y como representante del Partido Verde Europeo en España, EQUO ha querido atraer y unificar a las distintas opciones ecologistas que había repartidas por todo el panorama político de nuestro país, en el lógico convencimiento de que la única manera de obtener cierta fuerza es empujando todos en la misma dirección. Al mismo tiempo ha ido difundiendo su proyecto y sumando apoyos particulares a través de Internet y de las redes sociales, y ahora se está haciendo visible con asambleas provinciales abiertas a todo el mundo, constituyendo mesas de coordinación que han de promover grupos de trabajo divididos por sectores, recogiendo propuestas y elaborando unas listas electorales y un programa político que tendrán que ser votados y aprobados en su congreso nacional del próximo otoño. Además, dado que no cuentan con la financiación de los bancos, necesitan incorporar socios que aporten, según su capacidad económica, una cuota anual de 50 euros u otra de 100 euros, también anual y cuyo pago se puede fraccionar en tres plazos. Y todo ello a fin de constituirse en partido político y concurrir a las elecciones generales de 2012. Casi nada.


¿Por dónde empezar? Del mismo modo que los cuentos tradicionales comienzan por el clásico “érase una vez”, podríamos decir que EQUO lo hace con un planteamiento de salida muy sencillo: por la ecología política y la equidad social. Ojo, porque esto no es un cuento y tiene mucho fondo. Pretenden “politizar a la sociedad y socializar a la política”, ahora que nos hemos dado cuenta de que el alejamiento entre políticos y ciudadanos no beneficia a nadie, pero menos a nosotros. Que los políticos vivan en su altar de espaldas a la ciudadanía y que solo se den la vuelta para pedirnos el voto cada cuatro años, no se puede considerar una conquista digna de nuestro tiempo, porque entonces la política termina sirviendo a sus propios intereses tal y como lo hacen los bancos: se convierten en un fin y no en un medio y transforman a la ciudadanía en un objeto de usar y tirar. En la otra parte, que los ciudadanos vivamos de espaldas a la política, que nos encerremos en sus propios asuntos y que nos limitemos a subsistir, consumir (cuando podemos y nos dejan) y votar cada cuatro años, no es nada sano, porque los problemas colectivos irán creciendo sin que nadie les busque solución. Muchas veces he oído aquello de “no me gusta hablar de política”, y, aunque lo respeto, no lo entiendo. La política es una herramienta que, puesta al servicio del ciudadano, debe servir para gestionar el bien común resolviendo problemas y aumentando nuestra calidad de vida. Hay gente que no quiere hablar de política, pero imagino que querrá asistencia sanitaria si se pone enferma y un buen sistema educativo para sus hijos. Detrás del alejamiento y casi del temor que tienen algunas personas a hablar de política, yo veo dos razones: por un lado intuyo el miedo a la confrontación, quizá por la poca libertad que han tenido en su propia casa para expresar sus ideas. Ante eso, yo digo que la confrontación no es culpa de la política en sí, sino de la forma en la que exponemos nuestras opiniones y encajamos las de los demás; por otro lado, detrás del “no me gusta hablar de política” también puede estar, aunque espero que en menor medida, la dejadez por los asuntos públicos, el egoísmo primario del “mientras yo tenga para comer, me da igual el resto”. No podemos dar lugar a eso, porque vivimos en sociedad y antes o después, a todos nos afectan los mismos problemas.


Según el manifiesto del proyecto de EQUO, el nuevo partido tendrá una organización horizontal, tratando de superar la estructura piramidal de los partidos tradicionales. La participación, el voto y la voz de socios y simpatizantes será el motor que impulse la acción de EQUO. Hay que moverse, y en eso como en otras cosas, la similitud entre este proyecto y el movimiento ciudadano del “15-M” resulta evidente. En ese sentido, del mismo modo que hay quien identifica al “15-M” con la izquierda, también hay quien dice que EQUO solo servirá para quitar votos a los partidos de esa orientación, básicamente a PSOE e IU, pero yo me pregunto: ¿Por qué no se menciona al electorado que vota o haya votado alguna vez al PP? No entiendo la razón según la cual, un conservador moderado o una persona “de centro” no puede estimar que el mundo es cada vez más injusto, y pensar que la humanidad y el planeta necesitan un cambio de rumbo inmediato. ¿Por qué no se habla tampoco de la enorme cantidad de ciudadanos que votan en blanco, que emiten voto nulo o que deciden pasearse en lugar de ir a votar? Pues no entiendo el que un ciudadano enojado, que se abstiene de votar porque se siente cansado del bipartidismo y de la falta de alternativas, no pueda decidir votar a la nueva opción que le presentará EQUO como respuesta a sus inquietudes.

Hace poco me preguntaba en voz alta, ¿por qué razón no se resuelven los grandes problemas de la humanidad, si todos podemos identificarlos claramente y todos queremos resolverlos? Si le preguntas a todos los españoles, uno a uno, sean de derechas, de izquierdas o de centro, si les parece bien que haya niños que se mueran de hambre en este planeta, seguro que todos dicen que no. Si preguntas si les parece bien que se talen miles de árboles cada día y que se exploten abusivamente nuestros recursos, mientras el planeta corre el riego de ser inhabitable en menos de un siglo, todos dirán que no les parece bien. Más: podemos preguntar si les parece bien que una familia que no puede pagar la hipoteca, sea desahuciada y encima tenga que seguir pagando su deuda, y la mayoría dirá que eso no está bien. Podemos preguntar si les gustaría que los edificios pudieran autoabastecerse de energía, consumir la energía que generan sin tener que depender exclusivamente de las grandes compañías y sin pagar grandes facturas, y casi todos dirán con entusiasmo que sí, que les encantaría. Ahora es cuando el pragmático llega y me dice que no es tan fácil. Yo no digo que lo sea, pero no me trago la dificultad como motivo de la inacción, la resignación y la apatía. A casi todos nos gustaría no tener que gastar dinero en gasolina y tiempo en atascos, pudiendo ir a trabajar en un transporte público eficiente y puntual. A todos nos gustaría vivir en una ciudad limpia de ruidos y de suciedad, libre de obstáculos y de peligros para que los niños jueguen, para pasear, para disfrutar. Creo que estamos de acuerdo en lo esencial y que las divisiones entre izquierda y derecha no tienen un peso tan fundamental. Claro que hay diferencias entre una visión conservadora y una visión progresista del mundo, pero en la base, entre la gente de la calle, habrá coincidencias mucho mayores a la hora de identificar y resolver los grandes problemas de la humanidad, más coincidencias de lo que los partidos tradicionales de derecha e izquierda nos quieren hacer creer. Para mí, lo que está claro es que tal y como tenemos montado el chiringuito ahora mismo, no vamos a ningún lado.


Vuelvo a EQUO, al EQUO verde. Una tarea fundamental del nuevo partido será superar los estereotipos tradicionales que pesan sobre el ecologismo. El ecologista ya no es aquel tocapelotas que se opone a nuestra comodidad, tal y como se vendía en el pasado y como todavía hoy se nos vende desde algunos sectores. El ecologista no es piojoso, desocupado, desaliñado. Ecologista no es el que se opone a todo progreso, sino el que ofrece mejores caminos de progreso, de progreso real, aportando soluciones reales. Ecologista ya no es el que se limita a meternos miedo con el deterioro medioambiental, sino que además nos dice lo que podemos hacer cada uno de nosotros para ayudar a solucionar los problemas del planeta. El ecologista aporta ideas en clave de sostenibilidad y bienestar. No nos invita a la vida contemplativa mirando a las flores (lo que tampoco está nada mal), sino que plantea nuevos modelos de gestión en todas las áreas para hacer del mundo un lugar más justo y más habitable. Para dejarles a nuestros hijos un planeta vivo.


El ecologista de hoy está en el campo generando cultivos más sanos, productos de mayor calidad con un bajo consumo de agua y pesticidas, y favoreciendo el buen trato a los animales porque cuesta lo mismo y es lo correcto. Pero el ecologista también está en la ciudad, y hoy es el anciano que rechaza las bolsas de plástico en el “super” porque sabe de sobra que se puede vivir sin ellas, igual que lo ha hecho durante toda su vida. Ecologista es el estudiante que reduce sus residuos evitando consumir productos de un solo uso, y que además los separa y los recicla. Ecologista es el que reutiliza hasta donde puede, el que no cae en el consumismo ciego comprando cosas que no necesita, el que no se traga todo lo que le venden. Ecologista es el arquitecto que diseña viviendas energéticamente eficientes favoreciendo el ahorro y la comodidad, el que busca facilitar luz natural y aislarnos del frío y del calor a coste cero. Ecologista es el niño que les dice a sus padres que no le lleven al cole en coche, que quiere levantarse un poco más temprano e ir andando y pisando hojas secas por la acera. Ecologista es el biólogo, el ingeniero o el parado, el que disfruta y cuida del bosque en su día libre, el que fotografía la puesta de sol sobre un río con su cámara digital, el que apaga la luz o regula el aire acondicionado con la temperatura óptima, el que ahorra agua y no tira ni solo un papel al suelo por la calle. Para mí, ecologista es el que respeta a los animales, a las plantas, a las personas y hasta a los objetos, el que no se cree inmortal, omnipotente ni dueño de todo, sino simplemente un ser provisional que ha tenido la inmensa suerte de nacer, y de hacerlo en una piedra redonda que rebosa vida y que gira sobre su eje flotando en el vacío. Es el que aspira a dejar un día el patio igual o mejor que como se lo encontró.


Creo que nos falta perspectiva. Siempre se dice que el artista que lleva mucho tiempo frente a su obra, necesita alejarse por un tiempo y luego volver para darse cuenta lo que estaba haciendo mal. En esa misma línea, me resulta muy curioso oír hablar a los astronautas. Todos los viajeros del espacio que separan sus pies de la Tierra y la ven desde arriba, vuelven siendo ecologistas (si no lo eran ya cuando se fueron). Su mensaje, al menos, lo es. Todos se quedan impresionados por algo que realmente ya sabían, pero que no conocían hasta que no lo vieron con sus propios ojos: nuestra atmósfera, la capa que separa la vida del vacío, vista desde el espacio es como un folio. Así de fina. Todos los astronautas hacen referencia también a la Tierra en sí, a los mares y a los continentes, y mencionan un hecho tan obvio que, de entrada, parece increíble que salga de la boca de personas con un elevadísimo índice de inteligencia: desde el espacio no se ven fronteras, no hay líneas que separen a los países, a las naciones. No hay más líneas que las que dibujan los ríos en su discurrir, llevando el agua de las montañas hasta el azul intenso de los océanos. Todos los astronautas, después de mostrase maravillados por nuestro planeta, miran más allá y ven la oscuridad profunda y las estrellas lejanas. El vacío.


Repito que nos falta perspectiva: estamos tan cerca de la Tierra que no podemos verla. No podemos compararla con nada más. No nos hacemos a la idea de que si la perdemos, no tendremos nada. Así pues, animado por esas obvias y simples verdades que nos dicen los astronautas cuando vuelven a posar sus pies en el suelo, lanzaré mi primera propuesta a EQUO: en los últimos días hemos oído hablar de la retirada de ciertos símbolos, como banderas y fotografías, por parte de cierto partido político en algunas instituciones públicas. Tanto para quitar como para poner esos símbolos, además de existir una normativa, algunas personas suman un alto grado de exaltación, valorándolos (o despreciándolos) sobre todas las cosas. Admitiendo la existencia administrativa y cultural de países, regiones y municipios (aunque según los astronautas, desde arriba nada nos separa), creo que en las administraciones falta un símbolo global, una fotografía de todos nosotros vistos desde lejos, sobre el planeta que nos presta hogar. En los salones de plenos de los ayuntamientos, en las consejerías de los gobiernos autonómicos y hasta en el Congreso de los Diputados, en La Moncloa y en cualquier edificio público, debería existir una fotografía enmarcada de la Tierra. Parece una chorrada grande como un piano de cola, lo sé, pero es válida como símbolo de nuestra condición de habitantes de un mismo planeta, no es una perogrullada más grande que las que nos dicen los astronautas. Es un recordatorio diario de algo que todos los dirigentes saben, pero que nunca tienen en cuenta. Una muestra de que existen problemas que nos afectan a todos y que hay que ayudar a resolver. Un humilde intento de recuperar la perspectiva.


Crisis de valores y de sistema.