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| Roma, arriba, versus Murcia, abajo. |




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| Roma, arriba, versus Murcia, abajo. |

mientras saboreaba una pizza indiscutible en un restaurante cercano al Coliseo, en la noche del Jueves Santo de 2006. Generalmente, para un historiador del arte Roma es algo así como la Meca y como un parque de atracciones de alto valor estético: una mezcla perfecta de religión y ocio. El tener que ir y el querer ir, obligación y voluntad, se unen en perfecta armonía, y claro, la devoción y la fascinación por la ciudad eterna antes del viaje suelen transformarse en amor declarado tras la primera visita, aunque todo es matizable. Yo tardé “bastante” en caminar sobre sus adoquines, contaba con 27 primaveras y acababa de casarme. Luego he regresado y espero volver pronto. Para volver a Roma, me vale el mismo argumento que para ver una buena película dos mil veces y una más, y es que siempre la disfrutarás y siempre descubrirás cosas nuevas.
icipadas, recorrí calles estrechas y serpenteantes con la yema de mi dedo índice y traté de memorizar decenas de recorridos. Hay que decir que en 2004, al menos para mí, el Google Earth y su Street View formaban parte del futuro. No sé si ya existían, pero mis recursos fueron los planos de toda la vida, algunos documentales y películas como “Vacaciones en Roma”. Algo pude intuir de la idiosincrasia de la ciudad viendo a unos jóvenes Gregory Peck y Audrey Hepburn al manillar de su intrépida Vespa, haciendo el loco por Roma en blanco y negro como lo hacen los romanos anónimos de hoy a todo color. No lo podía imaginar hasta que no lo vi con mis propios ojos, pero es cierto.
os y el enfado por no tener transfer desaparecieron de nuestra mente. En el fondo, ¡qué buen rollo, los romanos! Gracias al taxista se borraron los malos tragos. Y se borraron de golpe, nunca mejor dicho. Esperé un golpe fuerte durante todo el trayecto: con el coche de enfrente, con el camión de al lado, con la moto del otro lado, con el quitamiedos de la autovía (el “metemiedo” de la “autostrada”)… Y ya por las calles de la ciudad, esperé el golpe contra los árboles, contra los bordillos, contra los abuelos suicidas que se lanzaban delante de nosotros para cruzar la calle… El taxista no estaba alterado, o al menos, no por esos hechos. Nos hablaba de lo divertida y bonita que es Roma, de su trabajo, de los turistas que han tomado el Trastevere y de los sitios buenos que conoce para comer bien y que nadie más conocía. Todo ello gesticulando alegremente con las dos manos, soltando durante interminables segundos el volante. El hombre era muy educado: mientras nos hablaba no dejaba de mirarnos a los ojos en señal de respeto y atención, en lugar de mirar hacia la carretera. Yo, sentado en el asiento del copiloto (el asiento de “la-palmo-fijo”), me agarraba al chasis del vehículo, echaba la cabeza hacia atrás y varias veces hice el gesto instintivo de pisar un freno imaginario con mi pie derecho, deseando que aquel fuera un coche de autoescuela con doble mando. Solo un momento de relax y alegría: en un atasco, en la Vía del Teatro Marcello, el coche no tuvo más remedio que detenerse. Miré a la derecha y de pronto vi la escalinata que asciende hasta la plaza del Campidoglio, cuyos edificios iluminados se asomaban a la noche romana. Luego pasamos por el caos del caos, es decir, por el requetecaos de la plaza Venecia, presidida por el “pequeño y discreto” monumento a Víctor Manuel II. Luego callejeamos hasta el río Tíber, imperceptible por la falta de luz, lo cruzamos y llegamos al hotel junto a la plaza Cavour.

Esa frase, aquella de “llevar cuentas del mal”, es bíblica. La he escuchado en bodas y misas varias, entre los textos de obligada lectura. Me gusta la estética de la frase aunque no, obviamente, lo que simboliza, que es el rencor, el resentimiento. Dentro del proceso de maduración de una persona, del paso hacia la edad adulta, está como condición necesaria la superación (o el intento, al menos) de algunos de los defectos típicamente humanos, de algunas de nuestras clásicas debilidades. Serían aquellas actitudes poco saludables, poco prácticas, simples y primarias. Procuro tomármelo en serio y, cuando me descubro a mí mismo atascado en tales lodos, de verdad que me sabe mal. Uno de esos defectos primarios y a la vez tan naturales en el hombre es el rencor, pero no es el único: la envidia, la vanidad, la inseguridad, el egoísmo… No molan pero a veces nos pillan con la guardia baja, en baja forma, cansados o directamente encabronados. Toman rápidamente posiciones en nuestra cabeza, ocupan por un rato nuestro ánimo y hasta nos cambian el sabor de la boca. La verdad, me resulta molesto.
En los últimos meses he estado metido en un asunto muy bonito y muy costoso; el que me conoce ya lo sabrá porque lo he repetido mil millones de veces. He estado recopilando la historia de mi equipo del alma, el Club Baloncesto Murcia, localizando y entrevistando a algunos de sus protagonistas en el pasado, buscando información y tratando de difundirla de la mejor manera posible en Internet. El proceso concluyó con la autoedición (gracias a mi mujer) de un libro que recoge y guarda todo este trabajo para la posteridad. En el camino he ido recibiendo constantes palabras de agradecimiento y de ánimo por parte de mucha gente: de los mismos personajes que entrevisté, desde dentro y fuera del baloncesto, de personas directa o indirectamente conocidas y de gente a la que ni siquiera conozco en persona. Es muy satisfactorio y hace que cualquier esfuerzo merezca la pena. La última estación ha sido la presentación del libro, el pasado día 6 de octubre, en FNAC, y hasta ese último momento he ido sumando nuevas muestras de afecto y reconocimiento. Las menos han venido de parte del propio club, de su actual equipo directivo. Con las menos quiero decir que el agradecimiento y el afecto ha sido nulo, inexistente. Y claro, yo quiero ser maduro pero no dejo de ser humano y, por tanto, no dejo de ser imperfecto por naturaleza (de ahí que cuando erramos decimos aquello de “somos humanos”). En resumen: me ha entrado la mala leche y el rencor.
El problema viene al asociar sin remedio al actual equipo directivo del CB Murcia con el propio CB Murcia, con esa institución a la sigo y apoyo desde que era un tierno zagal, cuando eso de la maduración solo me remitía al estado de la fruta. Ahora que el que madura soy yo, me veo sintiendo una buena dosis de rencor hacia el club de mis amores. Ahora me duele haber hecho algo de lo que hasta ayer me enorgullecía: de haber estado pagando mi abono durante los cuatro últimos años, cuando gozaba de un pase de prensa gratuito y no necesitaba el abono de pago. Habré soltado cerca de 500 euros en este tiempo, mientras iba dejando el carnet a unos y a otros, tratando de ayudar al club y de difundir el baloncesto. Valiente locura, pienso, ahora que siento el resentimiento de un amante despechado.
Dicen los que entienden que la insatisfacción se transmite con más alegría que la satisfacción, aunque dicho así, suene contradictorio. Imagino que lo habréis oído otras veces: un cliente insatisfecho rajará de tu negocio varias veces más de las que lo alabará un cliente satisfecho. Como especie, lo que más nos gusta es rajar y quejarnos, y nos gusta incluso sumirnos en el resentimiento. Por eso, quizá, hay más canciones de desamor, más películas dramáticas, más libros tristes… Como decía antes, no me gusta nada embarrarme con tales sentimientos. Cuando contemplo desde fuera a una persona que los tiene, esa persona me da cierta pena. Sentir resquemor, llevar cuentas del mal, no mola nada y es una pérdida de tiempo. Hay quien solo confía en eso, en el tiempo, como sanador de tal dolencia. Yo confío en mi cabeza y en el sentido común. También en el sentido práctico que tanto me enfada a veces, pero que en otras cosas es absolutamente necesario. No es práctico sentir rencor, no satisface. Algo de razón tenían los filósofos estoicos, aunque al final se pasaran de rosca.
Este fin de semana ha empezado la liga ACB. Por primera vez en 23 años, he escogido voluntariamente otra actividad en lugar de a ir ver en directo a mi CB Murcia. Vaya, resulta que esa otra actividad es verlo por la tele, qué cosas… He dejado actuar al rencor durante un rato y cuando ha empezado el partido el que ha actuado he sido yo. Me he levantado un par de veces del sofá, he reprimido algún grito y he discutido decisiones arbitrales como si el colegiado pudiese oírme. Le he reprendido por su poco criterio y he vuelto a sentarme. Dejar de ir al Palacio es algo que jamás pensé que haría, es un acto de rencor, de cabezonería. Es poco práctico y primitivo, pero aunque muchas veces me joda, he de reconocer que soy un ser humano.