lunes, 17 de octubre de 2011

"Mi no entender" (divagación socio-religiosa).


En primer lugar, cimentaré la reflexión de hoy (no es que tenga proyectado un gran edificio, una sólida construcción argumental, pero hasta la casa más humilde necesita cimientos para no acabar en el suelo): respeto todas las opiniones y creencias que se expresan con respeto y que no atentan contra la libertad de los demás. Ya. Con ese cimiento bastará.


"Mi no entender". Veo las portadas de periódicos como ABC, La Razón o El Mundo, y escucho declaraciones de reputadas voces políticas del ámbito centrista español al respecto de las protestas mundiales del 15-O, y me cuesta mucho entender que esas mismas voces se declaren mayoritariamente cristianas. Esto lo digo, además, como cristiano bautizado que soy, como persona que celebra la Nochebuena con júbilo (y con cierta melancolía), como "un Pedro" que no le hace ascos (al contrario) a las felicitaciones en el día de San Pedro.

No soy teólogo ni experto en cuestiones doctrinales de fe, pero últimamente me planteo la siguiente hipótesis: si Jesús estuviera en la Tierra ahora, en 2011, ¿estaría preocupado por el rescate a los bancos y por recuperar la confianza de los inversores? ¿Le interesarían los informes de las agencias de calificación, los puntos básicos de la deuda y la situación del mercado financiero? Yo creo que estaría trabajando en el cuerno de África, luchando contra la muerte de niños que no tienen alimento. Quizá estaría en cualquiera de esos inmensos campos de refugiados hostigados por la sequía, la violencia y la especulación, o tal vez estaría manifestándose pacíficamente en el "primer mundo", esperando que el bíblico "los últimos serán los primeros" se haga realidad. Muy probablemente estaría, manos en alto, hablando y agitando conciencias, porque hasta donde sé, Jesús se comportó así. A su manera fue un antisistema, algo recomendable si el sistema no sirve a las personas sino que se aprovecha de ellas. Si el sistema es injusto, hay que cambiarlo, y así lo entienden multitud de organizaciones cristianas como Intermón, Manos Unidas y Cáritas, entre otras de diverso credo. Claro, para los que creen que este sistema es jauja, que falicita la justicia y el equilibrio en el mundo, lo normal es que los que le ponen "peros" y matices sean poco menos que diablos emplumaos.

La Iglesia es grande y heterogénea, eso es evidente. Cada uno tiene su manera de entender y practicar la fe, cada cual tiene su opinión sobre los problemas y sus prioridades: la familia, los anticonceptivos, el hambre, el divorcio, el deterioro medioambiental, la injusticia... Y en cada uno de esos temas se decantará de un modo distinto a como lo pueda hacer otra persona. Los hay que tienen una visión aterradora de Dios como implacable juez de nuestros actos, y por ejemplo, quizá ellos tendrían que protestar todos los días por la destrucción del planeta, de la Creación (¿qué hará el calentamiento global, al fin, sino abrasarnos con sus llamas?). Los hay en cambio que tienen una visión del Dios comprensivo, que confía en el género humano y en su capacidad de obrar bien. Esos seguro que estarán trabajando para mejorar el mundo en la medida de sus posibilidades, sea ayudando a los pobres de su barrio, investigando y buscando nuevas vacunas en los laboratorios o colaborando en las partes más humildes de la Tierra... También se puede protestar pacíficamente, aun a riesgo de que nos llamen vándalos y extremistas. Aunque nos llamen a todos "perroflautas". No salgo de mi asombro. En este orden (desorden) de cosas, "mi no entender".

(La imagen de cabecera está tomada de Periodismo Humano. Una indignada (¿perroflauta?) de 95 años, protestando por el caos que nos rige).

domingo, 9 de octubre de 2011

Las cuentas del mal

Esa frase, aquella de “llevar cuentas del mal”, es bíblica. La he escuchado en bodas y misas varias, entre los textos de obligada lectura. Me gusta la estética de la frase aunque no, obviamente, lo que simboliza, que es el rencor, el resentimiento. Dentro del proceso de maduración de una persona, del paso hacia la edad adulta, está como condición necesaria la superación (o el intento, al menos) de algunos de los defectos típicamente humanos, de algunas de nuestras clásicas debilidades. Serían aquellas actitudes poco saludables, poco prácticas, simples y primarias. Procuro tomármelo en serio y, cuando me descubro a mí mismo atascado en tales lodos, de verdad que me sabe mal. Uno de esos defectos primarios y a la vez tan naturales en el hombre es el rencor, pero no es el único: la envidia, la vanidad, la inseguridad, el egoísmo… No molan pero a veces nos pillan con la guardia baja, en baja forma, cansados o directamente encabronados. Toman rápidamente posiciones en nuestra cabeza, ocupan por un rato nuestro ánimo y hasta nos cambian el sabor de la boca. La verdad, me resulta molesto.

En los últimos meses he estado metido en un asunto muy bonito y muy costoso; el que me conoce ya lo sabrá porque lo he repetido mil millones de veces. He estado recopilando la historia de mi equipo del alma, el Club Baloncesto Murcia, localizando y entrevistando a algunos de sus protagonistas en el pasado, buscando información y tratando de difundirla de la mejor manera posible en Internet. El proceso concluyó con la autoedición (gracias a mi mujer) de un libro que recoge y guarda todo este trabajo para la posteridad. En el camino he ido recibiendo constantes palabras de agradecimiento y de ánimo por parte de mucha gente: de los mismos personajes que entrevisté, desde dentro y fuera del baloncesto, de personas directa o indirectamente conocidas y de gente a la que ni siquiera conozco en persona. Es muy satisfactorio y hace que cualquier esfuerzo merezca la pena. La última estación ha sido la presentación del libro, el pasado día 6 de octubre, en FNAC, y hasta ese último momento he ido sumando nuevas muestras de afecto y reconocimiento. Las menos han venido de parte del propio club, de su actual equipo directivo. Con las menos quiero decir que el agradecimiento y el afecto ha sido nulo, inexistente. Y claro, yo quiero ser maduro pero no dejo de ser humano y, por tanto, no dejo de ser imperfecto por naturaleza (de ahí que cuando erramos decimos aquello de “somos humanos”). En resumen: me ha entrado la mala leche y el rencor.

El problema viene al asociar sin remedio al actual equipo directivo del CB Murcia con el propio CB Murcia, con esa institución a la sigo y apoyo desde que era un tierno zagal, cuando eso de la maduración solo me remitía al estado de la fruta. Ahora que el que madura soy yo, me veo sintiendo una buena dosis de rencor hacia el club de mis amores. Ahora me duele haber hecho algo de lo que hasta ayer me enorgullecía: de haber estado pagando mi abono durante los cuatro últimos años, cuando gozaba de un pase de prensa gratuito y no necesitaba el abono de pago. Habré soltado cerca de 500 euros en este tiempo, mientras iba dejando el carnet a unos y a otros, tratando de ayudar al club y de difundir el baloncesto. Valiente locura, pienso, ahora que siento el resentimiento de un amante despechado.

Dicen los que entienden que la insatisfacción se transmite con más alegría que la satisfacción, aunque dicho así, suene contradictorio. Imagino que lo habréis oído otras veces: un cliente insatisfecho rajará de tu negocio varias veces más de las que lo alabará un cliente satisfecho. Como especie, lo que más nos gusta es rajar y quejarnos, y nos gusta incluso sumirnos en el resentimiento. Por eso, quizá, hay más canciones de desamor, más películas dramáticas, más libros tristes… Como decía antes, no me gusta nada embarrarme con tales sentimientos. Cuando contemplo desde fuera a una persona que los tiene, esa persona me da cierta pena. Sentir resquemor, llevar cuentas del mal, no mola nada y es una pérdida de tiempo. Hay quien solo confía en eso, en el tiempo, como sanador de tal dolencia. Yo confío en mi cabeza y en el sentido común. También en el sentido práctico que tanto me enfada a veces, pero que en otras cosas es absolutamente necesario. No es práctico sentir rencor, no satisface. Algo de razón tenían los filósofos estoicos, aunque al final se pasaran de rosca.

Este fin de semana ha empezado la liga ACB. Por primera vez en 23 años, he escogido voluntariamente otra actividad en lugar de a ir ver en directo a mi CB Murcia. Vaya, resulta que esa otra actividad es verlo por la tele, qué cosas… He dejado actuar al rencor durante un rato y cuando ha empezado el partido el que ha actuado he sido yo. Me he levantado un par de veces del sofá, he reprimido algún grito y he discutido decisiones arbitrales como si el colegiado pudiese oírme. Le he reprendido por su poco criterio y he vuelto a sentarme. Dejar de ir al Palacio es algo que jamás pensé que haría, es un acto de rencor, de cabezonería. Es poco práctico y primitivo, pero aunque muchas veces me joda, he de reconocer que soy un ser humano.

martes, 28 de junio de 2011

EQUO (y reflexiones alrededor)






En estas semanas de calores, de efervescencia social y de protestas en la calle, mientras mucha gente mira con un ojo a su cuenta corriente y con el otro a los atascos que le esperan camino de la playa, algo grande se está cociendo en salones de actos y centros culturales de toda España. EQUO, un proyecto político de raíz ciudadana (raíz, tronco y hojas), está en proceso de nacer. Debe hacerlo con prontitud y, una vez nacido, no tendrá tiempo de aprender a gatear, deberá levantarse y correr. La tarea que tiene por delante es tan inmensa como su ilusión y sus ganas de mejorar el mundo. EQUO empezará siendo pequeño, pero quiero pensar que una vez que esté en marcha, ya no habrá quien lo pare.


Juantxo López, el que fuera director general de Greenpeace en España durante diez años, es la cara visible de una idea tan genial como necesaria. Detrás, o mejor dicho, a su lado, un importante grupo de personas trabaja a destajo para ir materializando el apoyo de mucha gente que, aunque aún no lo sepa, comparte las mismas inquietudes que EQUO e idéntica visión sobre los problemas del planeta. En primer lugar y como representante del Partido Verde Europeo en España, EQUO ha querido atraer y unificar a las distintas opciones ecologistas que había repartidas por todo el panorama político de nuestro país, en el lógico convencimiento de que la única manera de obtener cierta fuerza es empujando todos en la misma dirección. Al mismo tiempo ha ido difundiendo su proyecto y sumando apoyos particulares a través de Internet y de las redes sociales, y ahora se está haciendo visible con asambleas provinciales abiertas a todo el mundo, constituyendo mesas de coordinación que han de promover grupos de trabajo divididos por sectores, recogiendo propuestas y elaborando unas listas electorales y un programa político que tendrán que ser votados y aprobados en su congreso nacional del próximo otoño. Además, dado que no cuentan con la financiación de los bancos, necesitan incorporar socios que aporten, según su capacidad económica, una cuota anual de 50 euros u otra de 100 euros, también anual y cuyo pago se puede fraccionar en tres plazos. Y todo ello a fin de constituirse en partido político y concurrir a las elecciones generales de 2012. Casi nada.


¿Por dónde empezar? Del mismo modo que los cuentos tradicionales comienzan por el clásico “érase una vez”, podríamos decir que EQUO lo hace con un planteamiento de salida muy sencillo: por la ecología política y la equidad social. Ojo, porque esto no es un cuento y tiene mucho fondo. Pretenden “politizar a la sociedad y socializar a la política”, ahora que nos hemos dado cuenta de que el alejamiento entre políticos y ciudadanos no beneficia a nadie, pero menos a nosotros. Que los políticos vivan en su altar de espaldas a la ciudadanía y que solo se den la vuelta para pedirnos el voto cada cuatro años, no se puede considerar una conquista digna de nuestro tiempo, porque entonces la política termina sirviendo a sus propios intereses tal y como lo hacen los bancos: se convierten en un fin y no en un medio y transforman a la ciudadanía en un objeto de usar y tirar. En la otra parte, que los ciudadanos vivamos de espaldas a la política, que nos encerremos en sus propios asuntos y que nos limitemos a subsistir, consumir (cuando podemos y nos dejan) y votar cada cuatro años, no es nada sano, porque los problemas colectivos irán creciendo sin que nadie les busque solución. Muchas veces he oído aquello de “no me gusta hablar de política”, y, aunque lo respeto, no lo entiendo. La política es una herramienta que, puesta al servicio del ciudadano, debe servir para gestionar el bien común resolviendo problemas y aumentando nuestra calidad de vida. Hay gente que no quiere hablar de política, pero imagino que querrá asistencia sanitaria si se pone enferma y un buen sistema educativo para sus hijos. Detrás del alejamiento y casi del temor que tienen algunas personas a hablar de política, yo veo dos razones: por un lado intuyo el miedo a la confrontación, quizá por la poca libertad que han tenido en su propia casa para expresar sus ideas. Ante eso, yo digo que la confrontación no es culpa de la política en sí, sino de la forma en la que exponemos nuestras opiniones y encajamos las de los demás; por otro lado, detrás del “no me gusta hablar de política” también puede estar, aunque espero que en menor medida, la dejadez por los asuntos públicos, el egoísmo primario del “mientras yo tenga para comer, me da igual el resto”. No podemos dar lugar a eso, porque vivimos en sociedad y antes o después, a todos nos afectan los mismos problemas.


Según el manifiesto del proyecto de EQUO, el nuevo partido tendrá una organización horizontal, tratando de superar la estructura piramidal de los partidos tradicionales. La participación, el voto y la voz de socios y simpatizantes será el motor que impulse la acción de EQUO. Hay que moverse, y en eso como en otras cosas, la similitud entre este proyecto y el movimiento ciudadano del “15-M” resulta evidente. En ese sentido, del mismo modo que hay quien identifica al “15-M” con la izquierda, también hay quien dice que EQUO solo servirá para quitar votos a los partidos de esa orientación, básicamente a PSOE e IU, pero yo me pregunto: ¿Por qué no se menciona al electorado que vota o haya votado alguna vez al PP? No entiendo la razón según la cual, un conservador moderado o una persona “de centro” no puede estimar que el mundo es cada vez más injusto, y pensar que la humanidad y el planeta necesitan un cambio de rumbo inmediato. ¿Por qué no se habla tampoco de la enorme cantidad de ciudadanos que votan en blanco, que emiten voto nulo o que deciden pasearse en lugar de ir a votar? Pues no entiendo el que un ciudadano enojado, que se abstiene de votar porque se siente cansado del bipartidismo y de la falta de alternativas, no pueda decidir votar a la nueva opción que le presentará EQUO como respuesta a sus inquietudes.

Hace poco me preguntaba en voz alta, ¿por qué razón no se resuelven los grandes problemas de la humanidad, si todos podemos identificarlos claramente y todos queremos resolverlos? Si le preguntas a todos los españoles, uno a uno, sean de derechas, de izquierdas o de centro, si les parece bien que haya niños que se mueran de hambre en este planeta, seguro que todos dicen que no. Si preguntas si les parece bien que se talen miles de árboles cada día y que se exploten abusivamente nuestros recursos, mientras el planeta corre el riego de ser inhabitable en menos de un siglo, todos dirán que no les parece bien. Más: podemos preguntar si les parece bien que una familia que no puede pagar la hipoteca, sea desahuciada y encima tenga que seguir pagando su deuda, y la mayoría dirá que eso no está bien. Podemos preguntar si les gustaría que los edificios pudieran autoabastecerse de energía, consumir la energía que generan sin tener que depender exclusivamente de las grandes compañías y sin pagar grandes facturas, y casi todos dirán con entusiasmo que sí, que les encantaría. Ahora es cuando el pragmático llega y me dice que no es tan fácil. Yo no digo que lo sea, pero no me trago la dificultad como motivo de la inacción, la resignación y la apatía. A casi todos nos gustaría no tener que gastar dinero en gasolina y tiempo en atascos, pudiendo ir a trabajar en un transporte público eficiente y puntual. A todos nos gustaría vivir en una ciudad limpia de ruidos y de suciedad, libre de obstáculos y de peligros para que los niños jueguen, para pasear, para disfrutar. Creo que estamos de acuerdo en lo esencial y que las divisiones entre izquierda y derecha no tienen un peso tan fundamental. Claro que hay diferencias entre una visión conservadora y una visión progresista del mundo, pero en la base, entre la gente de la calle, habrá coincidencias mucho mayores a la hora de identificar y resolver los grandes problemas de la humanidad, más coincidencias de lo que los partidos tradicionales de derecha e izquierda nos quieren hacer creer. Para mí, lo que está claro es que tal y como tenemos montado el chiringuito ahora mismo, no vamos a ningún lado.


Vuelvo a EQUO, al EQUO verde. Una tarea fundamental del nuevo partido será superar los estereotipos tradicionales que pesan sobre el ecologismo. El ecologista ya no es aquel tocapelotas que se opone a nuestra comodidad, tal y como se vendía en el pasado y como todavía hoy se nos vende desde algunos sectores. El ecologista no es piojoso, desocupado, desaliñado. Ecologista no es el que se opone a todo progreso, sino el que ofrece mejores caminos de progreso, de progreso real, aportando soluciones reales. Ecologista ya no es el que se limita a meternos miedo con el deterioro medioambiental, sino que además nos dice lo que podemos hacer cada uno de nosotros para ayudar a solucionar los problemas del planeta. El ecologista aporta ideas en clave de sostenibilidad y bienestar. No nos invita a la vida contemplativa mirando a las flores (lo que tampoco está nada mal), sino que plantea nuevos modelos de gestión en todas las áreas para hacer del mundo un lugar más justo y más habitable. Para dejarles a nuestros hijos un planeta vivo.


El ecologista de hoy está en el campo generando cultivos más sanos, productos de mayor calidad con un bajo consumo de agua y pesticidas, y favoreciendo el buen trato a los animales porque cuesta lo mismo y es lo correcto. Pero el ecologista también está en la ciudad, y hoy es el anciano que rechaza las bolsas de plástico en el “super” porque sabe de sobra que se puede vivir sin ellas, igual que lo ha hecho durante toda su vida. Ecologista es el estudiante que reduce sus residuos evitando consumir productos de un solo uso, y que además los separa y los recicla. Ecologista es el que reutiliza hasta donde puede, el que no cae en el consumismo ciego comprando cosas que no necesita, el que no se traga todo lo que le venden. Ecologista es el arquitecto que diseña viviendas energéticamente eficientes favoreciendo el ahorro y la comodidad, el que busca facilitar luz natural y aislarnos del frío y del calor a coste cero. Ecologista es el niño que les dice a sus padres que no le lleven al cole en coche, que quiere levantarse un poco más temprano e ir andando y pisando hojas secas por la acera. Ecologista es el biólogo, el ingeniero o el parado, el que disfruta y cuida del bosque en su día libre, el que fotografía la puesta de sol sobre un río con su cámara digital, el que apaga la luz o regula el aire acondicionado con la temperatura óptima, el que ahorra agua y no tira ni solo un papel al suelo por la calle. Para mí, ecologista es el que respeta a los animales, a las plantas, a las personas y hasta a los objetos, el que no se cree inmortal, omnipotente ni dueño de todo, sino simplemente un ser provisional que ha tenido la inmensa suerte de nacer, y de hacerlo en una piedra redonda que rebosa vida y que gira sobre su eje flotando en el vacío. Es el que aspira a dejar un día el patio igual o mejor que como se lo encontró.


Creo que nos falta perspectiva. Siempre se dice que el artista que lleva mucho tiempo frente a su obra, necesita alejarse por un tiempo y luego volver para darse cuenta lo que estaba haciendo mal. En esa misma línea, me resulta muy curioso oír hablar a los astronautas. Todos los viajeros del espacio que separan sus pies de la Tierra y la ven desde arriba, vuelven siendo ecologistas (si no lo eran ya cuando se fueron). Su mensaje, al menos, lo es. Todos se quedan impresionados por algo que realmente ya sabían, pero que no conocían hasta que no lo vieron con sus propios ojos: nuestra atmósfera, la capa que separa la vida del vacío, vista desde el espacio es como un folio. Así de fina. Todos los astronautas hacen referencia también a la Tierra en sí, a los mares y a los continentes, y mencionan un hecho tan obvio que, de entrada, parece increíble que salga de la boca de personas con un elevadísimo índice de inteligencia: desde el espacio no se ven fronteras, no hay líneas que separen a los países, a las naciones. No hay más líneas que las que dibujan los ríos en su discurrir, llevando el agua de las montañas hasta el azul intenso de los océanos. Todos los astronautas, después de mostrase maravillados por nuestro planeta, miran más allá y ven la oscuridad profunda y las estrellas lejanas. El vacío.


Repito que nos falta perspectiva: estamos tan cerca de la Tierra que no podemos verla. No podemos compararla con nada más. No nos hacemos a la idea de que si la perdemos, no tendremos nada. Así pues, animado por esas obvias y simples verdades que nos dicen los astronautas cuando vuelven a posar sus pies en el suelo, lanzaré mi primera propuesta a EQUO: en los últimos días hemos oído hablar de la retirada de ciertos símbolos, como banderas y fotografías, por parte de cierto partido político en algunas instituciones públicas. Tanto para quitar como para poner esos símbolos, además de existir una normativa, algunas personas suman un alto grado de exaltación, valorándolos (o despreciándolos) sobre todas las cosas. Admitiendo la existencia administrativa y cultural de países, regiones y municipios (aunque según los astronautas, desde arriba nada nos separa), creo que en las administraciones falta un símbolo global, una fotografía de todos nosotros vistos desde lejos, sobre el planeta que nos presta hogar. En los salones de plenos de los ayuntamientos, en las consejerías de los gobiernos autonómicos y hasta en el Congreso de los Diputados, en La Moncloa y en cualquier edificio público, debería existir una fotografía enmarcada de la Tierra. Parece una chorrada grande como un piano de cola, lo sé, pero es válida como símbolo de nuestra condición de habitantes de un mismo planeta, no es una perogrullada más grande que las que nos dicen los astronautas. Es un recordatorio diario de algo que todos los dirigentes saben, pero que nunca tienen en cuenta. Una muestra de que existen problemas que nos afectan a todos y que hay que ayudar a resolver. Un humilde intento de recuperar la perspectiva.

domingo, 3 de abril de 2011

De museos y recortes

Todo es cuestión de opiniones: yo creo que sin museos, estaríamos perdidos. La cultura no debería considerarse un lujo prescindible en época de crisis, como he llegado a leer en estos días de paranoia apocalíptica, en este desalentador panorama en el que nos han metido “los mercados”, el sistema financiero, las necesidades superfluas y el absurdo modo de vida que nos impusieron hace tiempo sin preguntarnos. La respiración no es prescindible, ni comer, ni por supuesto la asistencia sanitaria, ni la educación... No diré que al mismo nivel, pero la cultura tampoco debería ser prescindible. Como dijo Ficino en el siglo XV, la cultura y las humanidades (la historia, el arte, la filosofía, la música, la literatura, la poesía…) además de hacernos la vida más agradable, nos proveen de referentes éticos y de valores. Nos muestran los pasos que dieron nuestros antecesores, sus experimentos, sus conquistas, sus inquietudes, sus problemas… Son un soplo de aire, y a la vez, nos ofrecen una mano para agarrarnos y nos invitan a aprovechar sus experiencias para construir el futuro. Todo eso merece la mayor de las atenciones siempre, en época de bonanza económica y también en época de crisis. Especialmente en época de crisis.


Ahora bien, tampoco es realista olvidar que cuesta dinero mantener la cultura y los museos. Eso es así, y de hecho, soy de la fatídica opinión de que si alguien no hubiese pensado en su día que a la cultura se le puede sacar dinero, mucho dinero, la cultura no existiría. Por ejemplo, no habría museos si la atracción que despiertan no generara beneficios “billetarios”, y si no hubiera gente capaz de pagar varios millones de euros por un Picasso, veinte euros por una camiseta con la Gioconda de Leonardo o diez euros por entrar en la Catedral de Toledo. Lo que son las cosas, hay que agradecer que la cultura pueda ser rentable económicamente, porque con ello nos evitamos su desaparición –y aún así, cuánto patrimonio se ha destruido… De eso sabemos mucho en la ciudad de Murcia; hablaré de ello en una próxima entrada-.


No me entendáis mal, es bueno que la cultura genere dinero, siempre y cuando el uso que se le dé a ese dinero sea el apropiado. Es decir, siempre que se gestione bien. En mi opinión, además de invertir en ella, el dinero que proviene de la cultura se debe emplear en su conservación, en su estudio, en su fomento y en la generación de puestos de trabajo para el personal cualificado. Puestos de trabajo con un mínimo de calidad, valorados por el empleador y por el empleado. ¿Problema? Que en muchos casos esto no era así en los días de la (hipotética) bonanza económica, y que a día de hoy lo es menos. Hay que ahorrar, nos dicen, y yo me echo las manos a las sienes. ¿Ahora? Yo creo que hay que ahorrar siempre. Pero ojo, no solo nos hablan de ahorrar, sino que a ese verbo se le añade el sustantivo “recortes”. Temblemos todos a la vez. Aquí y en cualquier lugar, el buen gestor gestiona bien con mucho dinero y con poco, y el mal gestor gestiona mal con mucho dinero y con poco. El tema, “the mother of the lamb”, es la eficiencia: hacer buen uso del dinero que se tiene, tanto si es mucho como si es poco, y por supuesto establecer prioridades. Gastar lo necesario y gastarlo de manera coherente, y el dinero que sobre (si es que sobra), ahorrarlo para cuando las cosas pinten mal. ¿Cómo se quiere ahorrar? ¿Por dónde se quiere recortar?


Me centraré en los museos, que era el objetivo de esta entrada: si se quiere recortar aún más en recursos humanos, mal. Si se quiere rebajar aún más la valoración del trabajador de museos, mal. Por supuesto que se puede ahorrar y se puede recortar en otros aspectos del funcionamiento de los museos, pero insisto, eso hay que hacerlo siempre, y también hay que valorar a los museos valorando a sus profesionales. Pondré el acento en un aspecto, el de la energía. Aquí un servidor siempre se ha mostrado especialmente sensible por la cuestión energética. Lo hacía por motivos medioambientales, pero ya puestos en este panorama, también por motivos económicos. En este orden de cosas puedo hablar de varios museos, pero hablaré exclusivamente del Museo Arqueológico de Murcia.


Desde que llegué allí, me sorprendió (para mal) la escasez de luz natural, y por ende, el abuso de luz artificial. Incluso me llegó a enojar, y empleo bien la palabra, el hecho de que las salas de la renovada exposición permanente vivieran de espaldas al propio edificio en el que estaban; el que no hubiera ningún tipo de relación entre continente y contenido, el que las piezas de la colección, sin haberse movido de su lugar, hubiesen sido transportadas a un espacio oscuro e impersonal y fueran bañadas por la luz artificiosa de unos focos de elevado coste y consumo. Es decir, que un edificio que con mejor o peor fortuna, fue diseñado y construido expresamente como sede provincial del Archivo, la Biblioteca y la sección arqueológica del Museo de Murcia, y que contaba con un luminoso y agradable patio central como el mejor de sus avales, ahora era el anodino recipiente de una gran colección de piezas que bien podrían estar en el sótano de una ciudad cualquiera sin que se notara la diferencia. Y volviendo al eje central de esta entrada, además, con el gasto extraordinario que supone iluminar un sótano, claro. Luces indirectas aquí y allá, focos hacia arriba, hacia abajo y hacia una pared vacía, pantallas “everywhere”… Todo en acusado contraste con espacios de inquietante negrura. Cuando no había visitantes, las voces de sendos audiovisuales resonaban como espectros lejanos en los pasillos del museo, como si de pronto alguien les hubiese subido el volumen.


En mis rondas por las salas me las imaginaba de otro color (blanco, marrón claro o quizá color beige), y el suelo me lo imaginaba de piedra. Contemplaba los paneles de madera pintados de negro tras las vitrinas y me imaginaba una ventana aquí y allá, una agradable vista del patio central a través de los cristales, con sus palmeras y su pequeña fuente, y la luz natural de Murcia entrando de nuevo en el museo. Vas paseando, disfrutando la maravillosa cerámica íbera, y luego te detienes a mirar por la ventana, y luego prosigues la visita con calma. También me imaginaba menos focos, evidentemente, con el ahorro que eso supone. ¡Qué lindo! Mi pequeño acto de rebeldía diaria, he de confesar, consistía en apagar disimuladamente la única luz a la que tenía alcance: un tubo de neón colocado en el mostrador de información que no iluminaba nada, salvo el suelo hacia el lado inferior y mi gran papada hacia el superior. Bien pensado, hasta se podía usar esa luz para realizar muecas terroríficas y asustar al visitante, pero yo prefería estirar mi dedo hacia el interruptor, situado bajo el mostrador, y pulsarlo con aire clandestino y alevoso. El neón no duraba mucho tiempo apagado, y quizá no lograra ahorrar más de cuarenta o cincuenta euros de luz en dos años de insumisión lumínica, pero para mí, el gesto valía más.


Otro aspecto: el sistema de calefacción y aire acondicionado. No descubro nada nuevo, y en esto el museo no era un caso excepcional respecto a otros muchos edificios, públicos y privados (aunque tiene mucho más delito que suceda en los públicos): en algunas salas y según la época, o hacía frío polar o hacía calor tropical. Hay una tendencia muy absurda en el ser humano occidental por recrear el invierno en pleno verano y el verano en pleno invierno. Parece que siempre hubiésemos tenido esa clase de aparatos y no pudiésemos vivir sin ellos, y ambas cosas son falsas. ¿Se han inventado esa clase de aparatos? Vale, muy bien, pues hagamos un buen uso de ellos mientras los expertos buscan maneras de que consuman menos energía. No forcemos la congelación ni tampoco la abrasión por el simple hecho de que “a mí no me gusta el frío” o “yo no soporto el calor”, que digo yo que habrá un término medio. No lo entiendo.


Lo cierto es que tampoco entendía el horario del museo: de 10 de la mañana a 20:30 de la tarde-noche. Menos aún entendía el “horario de verano”, que iba de mayo a octubre y consistía en ampliar en media hora la apertura del museo, hasta las 21 horas, para desesperación del equipo de guías. Yo me preguntaba: ¿Pero eso pa qué? Media hora, treinta minutos más al día que no se veían repercutidos en el sueldo, por supuesto, y en los que no entraba nadie o casi nadie al museo. Ese horario (tanto el de verano como el de invierno), pensaba yo, es un infructuoso intento de conjugar los tiempos y el ritmo de la vida españoles con los europeos. Seguía pensando en una opción distinta: menos horas de apertura y mejor sueldo para los trabajadores. Es decir, ciencia ficción. Mi reflexión es que con lo que se podían ahorrar en gasto de luz por cerrar esas horas, sumado al mejor aprovechamiento de la luz natural de Murcia (remito a párrafos anteriores, jejeje), daría para emplear el dinero de manera más conveniente, y creo que aún sobraría. “Hay que hacer como los grandes museos de Europa”, decía yo (y sigo diciendo): algo así como abrir de martes a sábado en horario continuo, de 10 a 18 horas, los domingos de 10 a 14 horas, y un día a la semana (por ejemplo los viernes), abrir las puertas más tarde (quizá a mediodía, a las 12h) y cerrarlas a las 21 horas. Y repito, pagar mejores sueldos y cuidar mejor al personal cualificado. Invertir en recursos humanos.


Existe otro asunto que no logro entender pero para el que quiero hacer un planteamiento previo: es necesario que la cultura sea accesible a todos y que los poderes públicos la amparen y la fomenten, tal y como refleja la Constitución Española del 78. Ahora bien, para una mejor valoración de la cultura y de sus profesionales, no está mal cobrar una cantidad simbólica de modo individual, reduciendo a grupos y dando entrada gratuita en los casos normales: desempleados, jubilados y estudiantes, por ejemplo. Oye, y si no se quiere cobrar la entrada al museo, al menos sí la visita guiada por un profesional cualificado, y si es en idiomas, un poco más. Además, en el caso de no cobrar entrada simbólica, estaría bien colocar una urna en el acceso a los museos donde el visitante pueda realizar una aportación voluntaria, con el fin de colaborar en su mantenimiento (conservación, investigación, divulgación…). Pues bueno, me da la sensación de que estas medidas son inconcebibles en Murcia, que no se pueden hacer, que no hay forma de que se valore el servicio del personal de museos y de las propias instituciones museísticas con iniciativas como las que he comentado. ¿Por qué? Me pregunto. ¿Por supuesta “mala” imagen? ¿Por el fomento de la cultura? Hay quien piensa que la total y absoluta gratuidad da buena imagen y fomenta la visita a los museos. Yo, defensor de los servicios públicos por convicción, no lo veo así. He tenido la fortuna de visitar instituciones como el Metropolitan y el Guggenheim de Nueva York, el Louvre, la Galería de los Uffici, el British, la National Gallery o la Tate Modern. Digo yo que esas instituciones sabrán algo de gestión museística, y aunque casi todos son de acceso gratuito, todos tienen servicios que cuestan dinero (visitas guiadas, actividades especiales o audioguías, por ejemplo) y todos tienen una urna bien visible, en la entrada, donde poder realizar un donativo. ¿Eso es malo?


Ahora me dirán que aquí, por la manera en la que la administración pública tiene organizada la gestión de los museos, todo eso es imposible. Bueno, yo creo que la administración no debería estar para crear problemas, y menos para ponerse como excusa en la no resolución de los mismos. Está para buscar soluciones. Creo humildemente que el sector de los museos públicos necesita replantearse muchas cosas, y más ante la actual situación económica. Opino que hay que sacarle partido a la crisis, que esta crisis financiera que nos han endosado desde arriba debe concebirse como una oportunidad para cambiar lo que no se ha hecho bien en el pasado, y no para perpetuar sistemas que no van a ningún sitio, que no se sostienen. Vale para todo, y también para los museos. Hay que abrir un debate, contar con las opiniones de expertos, de artistas, de trabajadores, de funcionarios de cultura, y encontrar una forma mejor de hacerlo. Es ahora cuando hay que dar protagonismo a las personas que día a día cuidan del rico patrimonio de nuestros museos, que lo enseñan con profesionalidad y con cariño, que se han formado durante años y que merecen un reconocimiento y unas mejores condiciones de trabajo. Tanto ellos como nuestros museos merecen el esfuerzo.


Crisis de valores y de sistema.