Yo creía que en Podemos no cabían las consideraciones territoriales, que sus parámetros eran distintos y que si eso de 'izquierda y derecha' era cosa de la vieja política, lo de andar liados en límites 'geopoliticoadministrativos' tampoco tenía sentido. Yo creía que en la lógica Podemos, lo de haber nacido -y ni siquiera- en Pulpí o en Martorell era irrelevante a la hora de ocupar la centralidad del tablero político, de tomar conciencia así de pertenecer a 'los de abajo' frente a 'los de arriba'. Yo creía que lo territorial como justificación de reivindicaciones particulares no iba con Podemos -no confundir esto con el hecho de que en el ideario de este movimiento no existiera también una concepción del modelo territorial, una propuesta para organizarnos-.
Yo creía que en Podemos estaban en contra de lo que se dio en llamar 'sopas de siglas', confluencias o mezcolanzas de partidos y movimientos. Yo creía, porque así lo oí explicar en más de una ocasión, que la 'marca Podemos' era la ganadora, la única capaz de capitalizar el voto del cambio como había sido capaz anteriormente de aunar la ola de indignación; del mismo modo que ya había removido a ciertos elementos de las clases política y económica sólo con sus intervenciones en los debates televisivos; igual que habían logrado, sin todavía tener el poder, introducir un nuevo lenguaje en el debate y poner el foco en la regeneración democrática, en la participación y en la transparencia.
Yo creía que Podemos no quería privar a la ciudadanía de la posibilidad de votar a Podemos, que por ese motivo se presentó con su nombre y logo a las elecciones autonómicas, y que si no lo hizo también en las municipales fue por la dificultad de controlar la pureza de sus valores y el compromiso de sus representantes en cada uno de los más de ocho mil municipios de España. Yo creía además que Podemos era diferente, intrínsecamente horizontal y participativo, rupturista, novedoso.
Yo no creía que Podemos iba a tratar de convertirse en un PSOE 2.0, dado que, como he dicho, su lógica no es la de izquierda-derecha ni su propuesta inicial era socialdemócrata. No creía que, de manera tan evidente, iba a tratar de derribar al Partido Socialista para hacerse con su electorado. Yo no creía que Podemos fuera a conceder un tratamiento diferenciado a territorios como Cataluña, Comunidad Valenciana o Galicia, que iba a privar a los habitantes de dichas comunidades de la posibilidad de votar a 'Podemos-Podemos', que, allí sí, iba a dar carta de naturaleza a las 'sopas de siglas',
Yo no creo que todo el que votó a Podemos en Lorca o en Zamora supiese que su papeleta iba a ir a parar a un conglomerado en el que se diese tratamiento distinguido a Galicia, Comunidad Valenciana y Cataluña. No creo que el votante de Podemos supiese que hacer un referéndum en Cataluña iba a ser requisito indispensable para comenzar a aplicar medidas sociales y de rescate ciudadano, rescate para cualquier ciudadano o ciudadana en apuros viva en el rincón de España en el que viva. No creo que el votante de Podemos supiera que comenzar a acabar con la desigualdad iba a depender del número de grupos parlamentarios en el que se habrían de dividir la totalidad de los votos que obtuviera dicho partido -al final vemos que ha sido uno solo, y que esto ha costado que el bonito número de escaños que Podemos logró se haya visto cercenado con la salida de cuatro diputados de Compromís-.
Creo que lo que yo percibo como cambios entre lo que Podemos dijo ser al nacer y lo que es hoy, se debe a los resultados de las elecciones europeas, y posteriormente, las autonómicas, así como a la aparición en escena de Ciudadanos, un partido también 'nuevo' y 'rupturista' a su manera. Un 'Podemos de derechas', como a veces lo llaman, y que ha pescado tanto en las aguas del PP como en aquellas que ya parecían estar en el barreño de Podemos.
Podemos ha moderado sus planteamientos para ganar votos, ha hecho confluencias en clave territorial para ganar votos, y ataca principalmente al PSOE para ganar votos. Lícito es, pero así debe explicarse. Podemos no pensó que hacer una gran confluencia nacional centrada en las aspiraciones de todos los españoles que quieren cambio, y no en las de los que quieren cambios en primer lugar para su territorio, pudiera haberles dado mucho, mucho más peso en el Congreso de los Diputados.
La izquierda -yo sigo moviéndome en esa lógica de izquierda-derecha- siempre decepciona porque las expectativas son elevadas: acabar con la desigualdad y con la injusticia, velar por el bien común... Sus votantes son críticos. Discuten sobre cómo cambiar el mundo, sobre qué camino es mejor. Se dividen. Podemos no debe pensar que por proclamar ser de abajo frente a los de arriba, no sabemos que es de izquierdas. Y no debe pensar que por tener poco tiempo de vida está libre de decepcionar. A la izquierda, para decepcionar, le sobra un día.
martes, 19 de enero de 2016
martes, 17 de junio de 2014
La arqueta
En el camino entre mi casa y el
colegio de mis hijas hay varias arquetas: de luz, de agua… Cualquiera sabe. No
tengo una política definida al respecto de las arquetas: a veces no reparo en
ellas y el hecho de que las pise o no es meramente azaroso; otras veces sí que
voy mirando al suelo y las veo, y entonces puede pasar que las evite o que las
pise a conciencia. Las arquetas tampoco tienen una política definida con
respecto a mí: a veces demuestran su solidez a mi paso y no emiten ningún
sonido; otras veces cimbrean y crujen bajo mis pies o golpean su reborde
inferior con un golpe seco: “¡Plonc!”. En esos casos, y dependiendo del tipo de
ruido que escuche, achaco la circunstancia a un posible incremento de mi peso
corporal (por ingesta excesiva de grasa y falta de ejercicio físico), o a la
mala práctica del operario que instaló la arqueta en la acera. ¡Esas cosas hay que
nivelarlas bien, persona de dios!
No es cuestión de risa, lo de las
arquetas. Sé que en alguna ocasión la tapa no ha dado más de sí, se ha partido
y ha lastimado al caminante; o que se ha destapado por algún motivo y luego no
se ha cubierto, y ha provocado algún accidente; o que algún desocupado con mala
idea la ha abierto o la ha roto sólo para joder. Por otro lado, la fabricación
de arquetas dará de comer a alguien, seguro. En muchas de las que hay por la
ciudad de Murcia se puede leer, junto a la clase de canalizaciones que
contienen, la inscripción de “Fundició Dúctil Benito”. Me gustaría ir algún día
a ese lugar y conocer al dúctil Benito, y ver cómo las hace. También dicen que “la
boca de la verdad” que Gregory Peck y Audrey Hepburn popularizaron en su
película Vacaciones en Roma, era en su origen una tapa de alcantarillado; y recuerdo
una noticia curiosa de un periódico local, en la que se contaba que un ciudadano
se había dado cuenta de la presencia de una tapa de arqueta de otra localidad
en plena ciudad de Murcia. ¿Cómo llegó aquí? Qué cosas.
Como decía al principio, hasta
hace unos días no tenía una política definida con respecto a ninguna arqueta,
tampoco con las que salen a nuestro encuentro camino del cole, pero el otro día
pasó algo: iba yo con mis hijas caminando tan tranquilo, y unos pasos más
adelante vi que había unos operarios trabajando, y que habían abierto una de
las arquetas, y que de ella asomaban dos o tres cables o mangueras. A medida
que nos acercábamos al hueco abierto en la acera, fui apartando prudentemente a
mis hijas hacia un lado, y al pasar junto a la arqueta cometí el involuntario
error de mirar. La visión me persigue desde entonces: cientos, quizá miles de
cucarachas de gran tamaño se arremolinaban confusas en las paredes de cemento
del agujero. No huían, no salían a la calle ni penetraban en la oscuridad
profunda, simplemente giraban sobre ellas mismas, agitaban las antenas, gesticulaban
con sus patas, se juntaban y se alejaban unas de otras. Uno asume que dentro de
las arquetas no hay ramos de flores ni cuadros barrocos, porque entonces
estarían abiertas todo el tiempo para que las admirásemos; uno supone que lo
que tapan no es bello aunque sea útil: cables y tuberías que hacen falta para
navegar por Internet, para canalizar nuestro pipí o para traernos el gas al
calentador. Lo que yo no podía esperar era ver ese enjambre horripilante de
cucarachas a plena luz del día y a primera hora de la mañana. Y justo en una
mañana preciosa, para decir más. Desde ese día tengo una política concreta para
una arqueta en concreto: la evito a toda costa.
lunes, 2 de junio de 2014
Queridos museos: ¡Hasta otra!
Me guste más o me guste menos, no
creo que el refranero le haya hecho mal a la filosofía ni que los libros de
autoayuda hayan menguado el respeto que le debemos a la psicología. Como en
todo, hay de todo: hay refranes que reflejan tópicos o tradiciones absurdas y
perniciosas, y frases y libros de autoayuda que son una castaña pilonga; hay
miles de frases-chorra de Churchill y de otros personajes circulando por la red
junto a fotos con los caretos de sus autores, y otras frases positivas,
amorosas y optimistas junto a dibujos de Snoopy o Mafalda, rodeados de
corazones y de globos de colores. Sin embargo, en todo ese maremagno a veces
nos topamos con grandes verdades, muy sencillas y en muchas ocasiones bastante
obvias que se nos suelen pasar por alto.
Este rollo lo digo porque voy a
perder (o a dejar; los matices existen) mi empleo, y desde que me enteré (o lo
decidí) he pensado, y he repetido, y he interiorizado muchas de esas frases e
ideas: Que cuando una puerta se cierra, otra se abre; que no hay mal que por
bien no venga; que la crisis es una oportunidad para mejorar… He recordado
también aquel episodio de Friends en el que Joey y Chandler le dicen a Rachel
que, si de verdad quiere cumplir su sueño y trabajar en el mundo de la moda, lo
que debe hacer es dejar su trabajo de camarera y experimentar “el miedo”; le
dicen que la comodidad de algo seguro te hace olvidar tu objetivo inicial,
mientras que “el miedo” te obliga a lanzarte en su búsqueda. He pensado que la
necesidad agudiza el ingenio, y por supuesto, que hay cosas peores que perder
el empleo. En este mismo año 2014 se ha ido otro amigo, y por eso tengo muy
presente que seguir vivo y disfrutar del cariño de tus seres queridos es lo más
grande. No me digo todas estas cosas para convencerme. Me las digo porque son
verdad y porque jode que a veces se olviden. Por prudencia, evitaré explicar
aquí y ahora las causas que han provocado mi inminente situación laboral y la
manera en la que se han desarrollado los acontecimientos. Ahora sólo diré que
se acaba una etapa y que va a empezar otra “sin solución de continuidad”. Voy a
seguir activo y reactivo y voy a emprender una aventura en solitario: Sawar
Murcia, mi medio digital. Y voy cargado de ilusión.
Por último aprovecharé para dar
las gracias a todos los compañeros que he tenido en estos más de diez años de
trabajo en los museos de Murcia (he rulado por casi todos, ya fueran autonómicos
o municipales): tanto los buenos compañeros como los no tan buenos me enseñaron
cosas. Unos me enseñaron a ser mejor profesional, a explicar y a expresarme mejor,
a conocer la historia y el arte de esta ciudad… En otros descubrí bondad,
compañerismo… Con la mayoría de ellos me partí de risa, porque sin dejar de
hacer el trabajo bien y de ser “serio” y formal, para mí es muy, muy importante
tener sentido del humor y reírse en el trabajo (ese lugar donde pasamos la
mayor parte del día). También doy las gracias a las dos empresas para las que
he prestado mis servicios como guía de museos: a la extinta Alquibla, que me
dio la oportunidad de empezar y que además lo hizo en un momento en el que
necesitaba este trabajo como agua de mayo (trabajar en hoteles me estaba convirtiendo
en un espectro de la noche); y a Aldaba, que me dio la oportunidad de continuar
como guía en otro momento delicado, y que además me facilitó siempre que pudo
la conciliación de la vida familiar y laboral. En estos años he intentado
devolvérselo desempeñando mi trabajo lo mejor que pude. En cualquier caso, a
todos (compañeros guías, y compañeros de seguridad, y compañeros de limpieza, y
compañeros de cafetería… Todos fueron compañeros de museo), les digo: ¡Muchas gracias
y buena suerte!
Postdata: ¿Quién me iba a decir
que el rey Juan Carlos y un servidor dejaríamos nuestros trabajos el mismo día?
Cosas de la vida.
Autorretrato en mi último día de curro.
miércoles, 28 de mayo de 2014
Compromiso y política
Quizá “compromiso” sea la palabra
más prostituida de los últimos tiempos. Tiempos oscuros. Los expertos en
manipulación ya lo advirtieron cuando enunciaron aquello de que una mentira
repetida mil veces se convierte en realidad, pero repetir la palabra “compromiso”
un millón de veces no convierte al que la pronuncia en un ser comprometido. No,
con la palabra compromiso no debería funcionar porque está ligada como ninguna
otra a la demostración, a los actos, al ejemplo… Y sin embargo vemos que hay
empresas que hacen de ella su santo y seña publicitario sin molestarse en
disimular. Por ejemplo los bancos (¡Ay! Los bancos…) se han abonado a esto del “compromiso
de cartel”. Y las compañías de telefonía, y tantas y tantas multinacionales…
También vemos que los miembros de
algunos partidos políticos siempre tienen el compromiso en la boca, y no en la
mente o en las manos. Siempre en la punta de sus lenguas, como el saltador se
pone en el extremo del trampolín, el compromiso se lanza en cuanto puede sobre
la gomaespuma de los micrófonos y luego rebota y cae al suelo, y allí lo pisa
todo el mundo y queda olvidado. Mira que me he esforzado durante años en
defender la dignidad de los políticos, sus buenas intenciones, su entrega a los
ciudadanos en nombre de unos ideales limpios y puros... Mira que cada vez que
ha salido el asunto en amigables tertulias, he tratado de separar a los ineptos
de los eficaces y a los corruptos de los honestos, y cada vez me lo han puesto más difícil. No bajaré los brazos y aún hoy afirmaré que entre los políticos
hay gente honesta, pero veo que el porcentaje es menor de lo que yo pensaba. Hay
muchos que se recrean en una serie de convenciones y todo lo que dicen me
resulta acartonado, artificioso; todo lo que proclaman me resulta publicitario
y hueco. Están mimetizados con la superestructura escenográfica del poder. “Compromiso”, repiten: con su país, con los ciudadanos, con sus ideas…
Pondré un ejemplo concreto que es
el que me ha llevado a escribir estas letras: el de los políticos que ocupan un
cargo electo y se marchan a mitad de legislatura porque les ofrecen un puesto “mejor” (lo que en una empresa se entendería por un ascenso,
por una promoción): al alcalde que nombran ministro, como a Gallardón, o al presidente
de una comunidad que nombran eurodiputado, como a Valcárcel. Ahora también se barrunta
una “asunción” a los cielos de Susana Díaz hasta lo más alto del pedestal
socialista, aunque está por ver si finalmente sucede y si la presidenta de la
Junta de Andalucía acepta el ascenso. Es curioso: los políticos parecen
agarrarse a la poltrona cuando salta un supuesto caso de corrupción que les
afecta directa o indirectamente, o cuando la cagan descaradamente, o cuando ven
que sus decisiones han fracasado, o cuando se aprecia que han perdido la
confianza de los ciudadanos, y entonces el compromiso asoma de nuevo por la
ranura y lo esgrimen como excusa para no dimitir. Dicen: “Me debo a la
ciudadanía que me ha votado”, “debo cumplir mi mandato”, “es mi responsabilidad
seguir hasta las próximas elecciones y que sea la gente la que decida”. Pero
cuando les llaman desde arriba para ese nuevo y prestigioso puesto, pies para
qué os quiero.
¿Qué pasa con los que votaron a Gallardón como alcalde de Madrid, o a Valcárcel como presidente de la Comunidad Autónoma de Murcia durante cuatro años? ¿Por qué han de tragarse a Ana Botella o a Alberto Garre, a los que no han votado? ¿Qué hay del compromiso con los ciudadanos? A Valcárcel se le ha llenado la boca de murcianía durante estos largos años, pero ahora va y deja tirados a sus votantes para irse a Bruselas. Todavía dirá que se va para defender los intereses de Murcia, pero es que para eso precisamente lo votaron, para que los defendiera desde San Esteban. ¿A nadie le indigna esa falta de compromiso? La palabra compromiso sin un acto que la demuestre no significa nada. Cualquier persona debe pensar lo que hace y hacer lo que dice; todos deberíamos ser coherentes con nuestras ideas y nuestras palabras, pero en el caso de un político esa obligación ha de venir grabada en el ADN y no sólo en la lengua.
¿Qué pasa con los que votaron a Gallardón como alcalde de Madrid, o a Valcárcel como presidente de la Comunidad Autónoma de Murcia durante cuatro años? ¿Por qué han de tragarse a Ana Botella o a Alberto Garre, a los que no han votado? ¿Qué hay del compromiso con los ciudadanos? A Valcárcel se le ha llenado la boca de murcianía durante estos largos años, pero ahora va y deja tirados a sus votantes para irse a Bruselas. Todavía dirá que se va para defender los intereses de Murcia, pero es que para eso precisamente lo votaron, para que los defendiera desde San Esteban. ¿A nadie le indigna esa falta de compromiso? La palabra compromiso sin un acto que la demuestre no significa nada. Cualquier persona debe pensar lo que hace y hacer lo que dice; todos deberíamos ser coherentes con nuestras ideas y nuestras palabras, pero en el caso de un político esa obligación ha de venir grabada en el ADN y no sólo en la lengua.
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Crisis de valores y de sistema.

