domingo, 11 de mayo de 2014

El Algarrobico en la memoria

En este artículo no entraré en el mar profundo de la indignación; no trataré de expresar una vez más la rabia que me da sentirme estafado. No hablaré de la codicia de aquellos que, desprovistos de conciencia moral y colectiva, se han llenado los bolsillos especulando con el bien público. No hablaré de los que han arrasado y arrasan la tierra mientras nos hablan del progreso, de lo que venden como el necesario desarrollo económico; no voy a hablar de los que consiguen engañar a una parte de la ciudadanía mientras untan con mordidas y comisiones en B al gobernante de principios laxos. No voy a hablar de eso; solamente, que no es poco, voy a tratar de verbalizar las sensaciones que me provocó verme de frente (y de lado) con El Algarrobico. Este artículo no incluye fotos porque no harían justicia. Para saber si miento o exagero es indispensable haber estado allí.

Haré memoria, cerraré los ojos. Fue hace unos años, camino de Mojácar. Íbamos en coche por esa carretera que se agarra a la montaña, que se dobla y se estira, que se acerca al mar y luego se aleja entre laderas cuyos espacios se reparten los arbustos y los árboles. En ocasiones la carretera se incrustaba en el perfil de los montes oscuros, otras veces se montaba sobre ellos. A la izquierda, de cuando en cuando, el azul del mar atraía nuestra mirada. Una vez te habías acostumbrado al paisaje, ya te podías dedicar a disfrutarlo sin más. Las curvas y recurvas eran previsibles; todo estaba en orden y no se intuía ninguna sorpresa, ningún susto. Nos equivocamos. De pronto se nos apareció en lontananza un O.T.N.I, un Objeto Terrestre No Identificado: era una masa blanca y roja como de hormigón y ladrillo, un ogro gigante recostado en la montaña y casi mojándose los pies en el agua marina; varias grúas asomaban por su cuerpo, pero no con el ánimo de levantarlo de allí y mandarlo de vuelta a su casa del averno, sino con el de hacerlo más grande todavía; más alto, más insultante. Nos pusimos en alerta: estaba claro que aquello era un ser ajeno, un invitado no deseado en un entorno que no era el suyo; aquello no era natural. A medida que nos acercábamos, la mole descarada se fue haciendo más y más grande y percibimos que la carretera se alejaba, como asustada ante su presencia monstruosa. Así fue que bordeamos al gigante por la espalda y lo contemplamos en toda su crudeza por un costado, al tiempo que la carretera se dirigía de nuevo hacia el mar y retomaba su discurrir perezoso entre la montaña y la playa.

Reconozco que el corazón se nos aceleró y apenas atinamos a balbucear unos sonidos de espanto, de perplejidad y de lamento. Los que vivimos en la costa mediterránea estamos curados de espanto, y sin embargo, aquello nos espantó. Hemos visto cómo se lanzaban mostrencos sobre el espectacular entorno natural de La Manga del Mar Menor, por ejemplo, y cómo aquel pequeño pueblo pesquero llamado Benidorm se erizaba con rascacielos, y cómo una alfombra de urbanizaciones y chalets atraía a una turba de turistas y aumentaba la criminalidad en Torrevieja, antes entrañable y amanosa. Y ahora que las cartas están sobre la mesa, ahora que hemos visto a qué jugaban algunos gobernantes, algunas entidades financieras y algunos promotores y constructores, siguen pensando que nos pueden engañar. Aún nos hablan de cosas como Marina de Cope, o tratan de legalizar engendros como El Algarrobico. Nos dicen que ahí está el futuro y el pan, y no en la investigación, la innovación y el desarrollo, en los pequeños y medianos empresarios, en los emprendedores, en la industria, en la energía renovable… El Quijote no se lo habría pensado: habría hincado espuela en hueso para envestir a aquel monstruo. No le habría importado su endeble cuerpo o el renqueante trotar de Rocinante; no le habrían frenado las advertencias de Sancho por muy razonables y realistas que fueran. ¿Qué más da? Tampoco le importó envestir a los molinos y lo hizo. Y a David le dio igual que Goliat le sacara varias cabezas. Tenían una fuerza mayor, la de la razón. La que da el sentido común y el bien de todos. Hoy hacen falta más quijotes para derribar a tanto gigante, y luego se podrá perder la batalla, pero al menos nuestra conciencia quedará en paz.

miércoles, 30 de abril de 2014

Desarrollatrasados

Estamos desarrollatrasados. El "palabro" también se puede emplear con el verbo "ser". Me ha venido a la mente al reflexionar sobre ciertos progresos que en realidad creo que son atrasos, porque cuestan más de lo que valen. No es oro todo lo que reluce y no es desarrollo todo lo que se viste como tal.

Por ejemplo, aquellos que viven en el Sur y Sureste de España, mirad vuestras casas: Pasamos de tener que poner la calefacción a tener que poner el aire acondicionado en sólo unos días. ¿Esto ha sido así siempre? Nos hemos acostumbrado al aire acondicionado y a la calefacción y nos parecen un avance irrenunciable, pero el ser humano ha vivido y sobrevivido miles de años sin tales inventos. En un momento dado, seguramente esos inventos habrían sido bien recibidos por nuestros antepasados; en días especialmente fríos o brutalmente calurosos, quizá les habría encantado calentar o enfriar sus casas con sólo pulsar un botón. Sin embargo, al saber que después les iban a venir unos señores a final de mes para quitarles gran parte de sus reservas de comida como pago, tal vez ya no les gustaría tanto la cosa. Y por supuesto, aunque sus hogares tuvieran otros inconvenientes (pienso en la falta de agua corriente, del WC o hasta del bidé; eso si son avances), justo la falta de aire acondicionado no sería de los más acuciantes. A mi modo de ver, antes existía un sentido práctico en la edificación que estaba basado en la lógica, en el sentido común, en un concepto que aprendí mientras documentaba uno de los reportajes de Sawar Murcia, y que me llegó de la mano del profesor Campesino Fernández: el equilibrio forma-función. Un equilibrio sin excesos, y por tanto, bello en sí mismo, en su pura utilidad. Las casas estaban construidas con unos materiales adaptados a su entorno, de manera que fueran capaces de mantener una temperatura apropiada; de evitar lo malo y potenciar lo bueno del lugar en el que se levantaban. Esa es la imagen que tengo en mente, lo mismo me equivoco. Desde los años 60, en España lo hemos fiado todo a la construcción (a la especulación inmobiliaria, más bien); nos hemos fundido nuestra industria y nuestra agricultura porque a muchos les traía cuenta construir pisos en su bancal antes que enriñonarse cultivándolo: la diferencia de ganancia era abismal. Pero, ¿cómo hemos construido? Hasta eso hemos hecho mal siendo casi lo único que hemos hecho. Materiales inapropiados, sacados de contexto y puestos en lugares donde no se dan las condiciones climáticas más convenientes para su uso. Pésimo aislamiento térmico y acústico, nula sostenibilidad ambiental y energética. Ventanas y puertas de mierda.

Cuando alguien dice algo como lo que estoy diciendo, cuando se señala que hay avances que son absurdos, siempre llega otro que te acusa de ser poco menos que un amish, un miembro de esas comunidades de Filadelfia que se niegan a usar nada tecnológico o electrónico. No se trata de eso. Si alabamos la noria y el molino de agua o el de viento, que aprovechaban las fuerzas de la naturaleza para moler el cereal, o si hacemos un homenaje al humilde botijo que mantiene el agua fresca en su tripa de barro sin necesidad de conectarlo a la corriente, se nos tacha de hippies colgados. Yo no rechazo todo el progreso, sólo aquel que en realidad, y a mi modo de ver, es un atraso. Usaré un símil lingüístico: Fernando Lázaro Carreter solía decir, en su infatigable lucha contra la tontuna y el desconocimiento idiomático, que los extranjerismos y los neologismos no son malos en sí mismos, que sólo son malos cuando resultan innecesarios por existir ya una palabra española que designa a la cosa que tratamos de rebautizar (o que queremos vestir con una lengua extranjera para darnos el pego de políglotas). Pues esto es igual: si existen formas ancestrales y aún útiles de mantener el equilibrio entre forma y función en nuestras edificaciones, y si además esas formas se pueden aderezar con avances tecnológicos que mejoren la eficiciencia energética y la calidad de vida, y sin con ello nos ahorramos el uso del aire acondicionado y de la calefacción, ¿qué cojones hacemos construyendo como el culo y pagándole una pasta a las compañías eléctricas? En estos casos no me cabe otra explicación: Somos unos desarrollatrasados.

miércoles, 16 de abril de 2014

Sueños

Están los sueños que se persiguen y los que se sueñan, aunque a veces se mezclan. Uno de los sueños 'de soñar' que yo tenía cuando iba al instituto, es que me plantaba en clase en pijama y que encima se me olvidaba que tenía un examen. Era horrible. Y uno de los sueños que perseguía desde crío era el de llegar a ser periodista. Lo he dicho mil veces: el que perseguía ya lo he logrado porque tengo el título de Periodismo, pero sólo parcialmente; en mi sueño se incluía un trabajo en la redacción de un gran medio y en colaboración con otros periodistas con los que compartía indicios, bromas y sospechas. Alcanzar ese sueño así tal cual parece ya poco probable.

Anoche tuve un sueño en el que se mezclaron en extraña combinación mi meta profesional y una serie de vivencias alojadas en el subconsciente. Soñé que me encontraba en los estudios de laSexta en Pozuelo de Alarcón (los visité hace unos años), en una sala de juntas, y que un sonriente ejecutivo me ofrecía un contrato de trabajo. En el sueño me volvía loco de alegría, pero de pronto, el mentado ejecutivo cambiaba el semblante y añadía una condición a la oferta de empleo. “Ya está”, pensé; “no podía ser tan fácil”: Resulta que tenía que elegir uno de los programas de laSexta para que fuera eliminado de la parrilla. El que yo quisiera, sin más preguntas ni explicaciones. Tenía que elegirlo, lo eliminarían e inmediatamente ocuparía un puesto de trabajo, al tiempo que varias personas perdían el suyo.

En los últimos años me ha llegado alguna que otra propuesta más o menos seria de colaboración o de trabajo en el ámbito del periodismo. No muchas, pero alguna, y alguna de ellas me hacía bastante ilusión. Sin embargo, al final todas se jodieron por diversos motivos. Presa de esa actitud tan penosa del victimismo, he llegado a pensar que todo lo que toco en este ámbito se va a freír monas. Y quizá de ahí que la oferta de trabajo que me hacía en sueños laSexta no pudiera traerme la felicidad completa: allí estaba el ejecutivo, delante de mí, inquiriendo en mis gustos televisivos y exigiéndome que cortara la cabeza de unos cuantos trabajadores del canal si quería incorporarme a la tele y completar mi sueño profesional. Yo me negaba a decirlo pero tenía un programa en mente. Me negaba, pero tanto me lo pedía el ejecutivo que al final lo dije: “Jugones”. Nada más decirlo, me di la vuelta y me encontré a Josep Prederol y a otro compañero sentados en el extremo de la mesa, cuchicheando y mirándome. No estaban muy afectados, de hecho empezaron a reírse. Y justo en ese momento desperté.

Ese sueño me ha hecho levantarme un poco torcido, la verdad; con sentimiento de culpabilidad. Entonces he recordado que hace unos días estuve viendo Jugones durante un rato y que me pareció una puta mierda de programa, un espanto. No paraban de darle vueltas y vueltas a no sé qué pisotón de no sé quién a no sé quién en un partido de fútbol, y de poner declaraciones de unos y otros, y de generar minutos y minutos de consistente basura televisiva. Opiné en Twitter sobre lo horroroso de ese programa y ahí se me quedó grabado.


Mi sueño de infancia era ser periodista y compartir redacción con otros compañeros en un gran medio de comunicación, pero, ¿a qué precio? ¿Qué pasaría si se diera la circunstancia de que me ofrecieran un puesto de trabajo a cambio de mandar a otros periodistas al paro? Aunque se tratara de la mierda de Jugones, no podría hacerlo. No lo haría. Y desde luego, tampoco sé si querría trabajar para alguien tan sádico como para imponer esas condiciones a sus ofertas de empleo. Si el periodismo funcionara así en la vida real,  sin duda preferiría ir por libre.

miércoles, 9 de abril de 2014

Operación Bambos (zapatillas de deporte)

Como consumidor de ropa y calzado no resulto un objetivo rentable para las grandes marcas, pero tampoco puedo ir desnudo (la humanidad no se lo merece) ni descalzo (mis pies no se lo merecen). Cuando encuentro una prenda y unos zapatos que me gustan y que me son cómodos, uso ambas cosas, ropa y calzado, una y otra vez hasta que revientan y mueren. Por eso antes o después me veo en la obligación de pasar el duro trance de ir de compras, de buscar ropa y calzado cómodos que me duren por lo menos otros diez o quince años. Y cada vez es más difícil porque hoy las cosas no duran nada... Hasta los bambos tienen dentro el chip de la obsolescencia programada.

Dentro de mi Plan Personal de Reducción de Emisiones de CO2 (que coincide en muchos puntos con mi Plan Personal de Vida Saludable), hace unas semanas pensé que necesitaba unos bambos nuevos. Ya sabéis, así llamamos en Murcia a eso que fuera llaman "bambas", "tenis" o "zapatillas de deporte". Pensé que necesitaba unos bambos nuevos porque tengo la costumbre de ir al trabajo en bici o andando, y aunque dos kilómetros y medio no es una distancia demasiado larga, quiero andar cómodo y no lastimarme los pies. Por eso puse en marcha otro de mis planes, el Plan Personal de Consumidor Responsable (que a su vez se enmarca dentro de mi Plan Personal de Ciudadano Disidente) y empecé a buscar un calzado hecho en España. Pronto comprobé que la misión no era fácil: miré en alguna tienda, me probé un par de bambos... Y a la pregunta final de "¿Dónde están fabricados?", una de las veces me respondieron "en Bangladesh" y la otra "en Taiwán". Como tampoco tenía prisa, y consciente de que en pocos días debía acercarme a Elche para recoger mi título de Periodismo y para locutar en el programa de Radio UMH en el que colaboro, decidí esperar. Si hay un calzado hecho en España, me dije, seguro que se vende en Elche.

El día señalado me acerqué a un Parque Empresarial de la ciudad ilicitana y entré en la tienda-almacén ("outlet", lo llaman) de una conocida marca española de calzado deportivo. Dí por hecho que todo lo que había allí era hecho aquí. Me equivoqué. Después de probarme unos bambos bonicos y cómodos, cuando ya tenía la tarjeta de crédito en la mano, pregunté a la dependienta el lugar de fabricación y, con una mueca, me respondió: "En China". "¡¿Cómo es posible?!", le dije, y ella se encogió de hombros: "Después de dos ERE, han echado a todo el mundo y han cerrado la fábrica". "¿Y cómo es que siguen fabricando calzado en China?". "Pues para pagar las deudas, porque les sale más barato que fabricarlo aquí". Lo confieso: pagué los bambos y me los quedé, no sin antes lastimar nuestra suerte y maldecir a la pena negra. Compartí mi indignación pero me llevé los putos bambos y me los pongo para andar.

En muchas ocasiones, el más activo contra el sistema y el que más lucha contra la injusticia es el que menos lo parece. A veces el mayor de los ecologistas (para mí, ecología = justicia social) es el ciudadano humilde que se preocupa en reciclar sus residuos; en caminar y usar el transporte público; en saber qué cojones hace el banco con sus ahorros y dónde los invierte (aunque no le regalen una vajilla por ello); en comprar con responsabilidad y no dar su dinero a las empresas que explotan a las personas y al medio ambiente, o a las que defraudan a la Hacienda Pública con triquiñuelas legales y así se evitan contribuir al mantenimiento de la Sanidad o de la Educación de todos. A veces el mayor de los activistas contra las injusticias del sistema es el que se esfuerza a diario en transmitir a sus hijos que existen formas pequeñas (pero muy efectivas) de practicar la disidencia. Iniciar la revolución y cambiar las cosas ya no es tan "sencillo" como ir y quemar la Bastilla; tampoco se logrará tirando piedras y quemando contenedores. Aquí vuelvo a repetir dos frases de José Esquinas que me marcaron:

-"Hagamos de nuestro carrito de la compra un carro de combate".
-y "si crees que no puedes hacer nada porque eres muy pequeño, es porque nunca has intentado dormir con un mosquito en tu habitación".

Sabemos que estamos inmersos en una gran estafa, pero no somos del todo conscientes de nuestro papel esencial como colaboradores necesarios. Tenemos más poder del que nos imaginamos. Nos hablan de cifras macroeconómicas, de recuperación, de creación de empleo... Pero lo cierto es que, tal y como está montado, este sistema capitalista globalizado ha terminado por plegar a los gobiernos democráticos occidentales y por seducir a los regímenes dictatoriales de otras latitudes. Todos ellos se han rendido al poder del dinero y por él venden hasta a sus santas madres, y sinceramente, no tengo ninguna esperanza en que los "líderes" políticos sean capaces de frenar la injusticia. Por eso me dan igual los datos de los que hablan: nada ha cambiado y nada cambiará si nosotros no nos ponemos manos a la obra.

Yo quiero ser coherente, y si no me gusta este mundo injusto, está bien que predique de palabra y que vaya a manifestaciones y tal, pero sobre todo debo predicar con la práctica diaria, con el ejemplo. No puedo andar por ahí juzgando y condenando al personal, estar todo el día quejándome en plan lastimero, y luego contribuir alegremente al mantenimiento de la injusticia y la desigualdad del sistema comprándome unos putos bambos hechos en China. Y encima bajo una marca que crearon y mantuvieron con su esfuerzo muchos trabajadores españoles que ahora están en la calle. La culpa no es de los chinos que trabajan a destajo por cuatro míseras perras, ni de los pobres de Bangladesh que murieron hace unos meses mientras tejían para muchas firmas internacionales, incluida alguna española. La culpa es de este sistema que va quemando la hierba allá por donde pasa. El puto sistema me ganó una batalla, me compré los bambos, pero la guerra no ha terminado.



Crisis de valores y de sistema.