jueves, 9 de agosto de 2012

La ciudad que perdió la memoria

Murcia relega a un lugar secundario a algunos de los personajes más importantes de su historia

Los protagonistas de la conquista cristiana del siglo XIII y los del barroco murciano han tenido mejor suerte que los del periodo andalusí

El saber popular afirma sin matices que nadie es profeta en su tierra, pero si se desciende a la particularidad, al caso concreto, resulta fácil comprobar que todo depende del profeta y de la tierra. Así, algunos personajes tuvieron la fortuna de calar en la sociedad que les vio nacer y pasaron a formar parte de la memoria colectiva con monumentos, calles o plazas a su nombre; otros, por motivos que van desde la revisión de la historia a la rivalidad política, fueron borrados, silenciados o, en el mejor de los casos, apartados a un espacio marginal y semiclandestino; al patio trasero de la urbe. En Murcia existen ejemplos para todos los gustos: desde el recuerdo merecido y unánime hasta el homenaje partidista o difícilmente explicable, pasando por sonoras cuentas pendientes que siguen sin saldarse.

¿Referentes urbanos o muestras de identidad?
La ciudad, escenario de nuestros quehaceres diarios, se extiende por avenidas, calles y plazas y ofrece referentes que nos ayudan a situarnos: con sus nombres sobre un plano, una persona puede saber en qué ciudad está, y dentro de ella, saber exactamente dónde se encuentra y hacia dónde dirige sus pasos. Para un murciano, la Plaza Circular, la avenida Ronda Norte o la Ronda Sur son herramientas cotidianas, pero para un visitante son la primera fuente de información sobre la identidad y el pasado de Murcia. Y en los tres ejemplos citados sólo se puede intuir que los murcianos conocen las formas geométricas y los puntos cardinales. La Murcia neutral, geométrica y despersonalizada se ve reflejada en la mayoría de sus principales ejes viarios: a esos ejemplos se unen los de Ronda Oeste y Ronda de Levante, que junto a la Avenida Primero de Mayo conforman el primer cinturón en torno al centro urbano.

Gran Vía del Escultor Salzillo o, simplemente, Gran Vía. El centro histórico cortado a cuchillo.

La avenida más importante del núcleo de la ciudad -la más comercial y transitada- recibe el nombre de Gran Vía del Escultor Salzillo, homenaje al insigne artista murciano del siglo XVIII, pero todo el mundo se refiere a ella como Gran Vía por una cuestión de economía lingüística. Abierta a fuerza de barreno y explosivo a finales de los años cincuenta del siglo pasado, dicha avenida destruyó parte del casco antiguo y provocó el derribo de los baños árabes de la calle Madre de Dios, declarados Monumento Nacional por la Ley del Patrimonio de 1931. Otros ejes básicos para el tráfico y el comercio de Murcia son la avenida General Primo de Rivera -golpista nacido en Jerez que instauró una dictadura en 1923-, las de la Constitución y la Libertad -que recibieron su nuevo nombre en la transición democrática-, o la Gran Vía de Alfonso X el Sabio, que en este caso sí ha tenido la suerte de popularizarse con el nombre del rey que anexionó Murcia a Castilla en el siglo XIII, al existir ya una Gran Via en la ciudad.

La avenida de la Fama, la calle Floridablanca -condado del murciano José Moñino, quien ocupó cargos relevantes en el gobierno de Carlos III- o la avenida del Infante Don Juan Manuel -toledano y sobrino de Alfonso X- también reciben un animado trasiego diario. Y en este breve repaso a algunos de los ejes de la ciudad, tampoco podemos olvidar calles como las de Jaime I el Conquistador -otro personaje de la conquista cristiana-, Gutiérrez Mellado -militar que luchó en el bando franquista durante la Guerra Civil Española, pero que colaboró decisivamente en la transición a favor de la democracia y se mantuvo firme ante el golpista Tejero- o Antonete Gálvez -el revolucionario murciano del siglo XIX, nacido en Torreagüera y ligado a la lucha cantonal-. En Murcia existe además la costumbre de dividir la misma calle en varios tramos con distintos nombres, lo que dificulta su identificación: así, Correos es el nombre unitario que le dan los murcianos a las calles de Alejandro Séiquer -pintor murciano de mediados del siglo XIX-, Isidoro de la Cierva -político y ministro murciano de finales del XIX y principios del XX-, Pintor Villacis -artista murciano del siglo XVII- y Ceballos. Lo mismo sucede con las calles de San Andrés, García Alix -político y ministro murciano, contemporáneo de Isidoro de la Cierva- y Juan de la Cierva -el inventor del autogiro-, que dividen una misma calle a la que muchas veces se conoce como de San Andrés de lado a lado.

El casco antiguo de Murcia -o lo que quedó de él tras el desarrollismo constructivo de mediados del siglo XX- conserva en buena medida el trazado del callejero medieval y ofrece referentes más apegados a la historia de la ciudad, como la ubicación de sus gremios -Trapería, Platería, Jabonerías...-, o la de sus antiguos conventos derribados -Santa Isabel, La Merced, la Trinidad, San Antonio...-. Sin embargo, también han tenido hueco algunos homenajes recientes tributados por ayuntamiento, como la plaza del periodista Jaime Campmany -vehemente defensor del régimen franquista desde las páginas del diario Arriba- junto a la Catedral. De las 1200 calles registradas en el plano del centro de Murcia, cerca de 140 -la mayoría de especial relevancia- están dedicadas a personajes y eventos religiosos, aunque las nuevas avenidas en las zonas de expansión de la ciudad reciben los nombres de los miembros de la Casa Real, con Juan Carlos I y Juan de Borbón como ejes principales. La sustitución del nombre de Isaac Peral, ingeniero cartagenero que construyó el primer submarino militar útil, por el del Conde de Barcelona, estuvo rodeada de polémica. Ahora Peral da nombre a un parque que, sin embargo, todo el mundo conoce como "jardín de las tres copas" por la fuente que preside ese espacio verde.

Monumento a Abderramán II, emir de Córdoba y fundador de Murcia en el siglo IX, rodeado de obstáculos.

Las cuentas pendientes
El homenaje de Murcia a los personajes relacionados con su fundación y el periodo andalusí se ha visto superado por el de los protagonistas de la conquista cristiana y los del gran siglo XVIII murciano: Alfonso X el Sabio cuenta con un monumento en la avenida del mismo nombre; el conde de Floridablanca tiene el suyo en el barrio del Carmen; el Cardenal Belluga preside la Glorieta junto al ayuntamiento y el Palacio Episcopal; y el busto dedicado a Francisco Salzillo, aunque de estética criticada, sigue elevándose en la plaza de Santa Eulalia. Juan de la Cierva, murciano e inventor del autogiro -precendente del helicóptero-, tiene un monumento algo alejado de la vista pública frente al Palacio de Justicia, y a su abuelo Ricardo Codorniú, que repobló Sierra Espuña y El Valle a finales del siglo XIX, se le dedicó un busto bajo el ficus de Santo Domingo en 1930. Hace pocos meses se inauguró cerca del Teatro Romea la escultura que inmortaliza al actor Paco Rabal como Zacarías, el personaje de Delibes. Peor suerte ha corrido Abderramán II, emir cordobés y fundador de Murcia en el año 825, cuya calle, pequeña y secundaria, pocos conocen, y cuyo monumento fue colocado en un lugar de difícil visión en la Plaza de la Cruz Roja. Por su parte el místico Abenarabi, nacido en 1165 y de fama internacional, tiene una avenida de cierta importancia pero no se le ha dedicado monumento. Y el rey que llevó a Murcia a su máximo esplendor en el siglo XII, Ibn Mardanix, aún no tiene monumento, y su calle bajo el apodo de Rey Lobo, pequeña y en un barrio alejado del centro histórico, no se corresponde con la importancia del personaje. Así es como respira una ciudad sin memoria.

La política y la historia en el proceso de nombrar calles
Tradicionalmente se admite que la historia la escriben los poderosos y los vencedores. Y en la actualidad, una de las formas de comprobarlo es conocer el proceso que se sigue para poner nombre a las calles de una ciudad. En el caso de Murcia, el procedimiento es así: el Instituto Nacional de Estadística remite anualmente al ayuntamiento un listado con las nuevas vías que se incorporan al mapa urbano. Tanto esas calles sin nombre que hay que bautizar, como la posible modificación de nomenclatura en calles ya existentes, se ponen sobre la mesa de una Comisión Municipal formada por todos los grupos políticos del consistorio -según su peso electoral- que se encarga de proponer nombres. La Comisión cuenta con el asesoramiento del grupo de Notables de la Región de Murcia, integrado por académicos, historiadores y cronistas oficiales de los municipios murcianos.

Una vez se acuerdan las propuestas, éstas se envían para su debate y aprobación al Pleno municipal, donde basta obtener la mayoría simple en su votación. De ese modo el partido en el poder -el PP rige el ayuntamiento de Murcia desde 1995- puede nombrar calles y plazas o cambiar los nombres existentes sin excesivos problemas. Existe otro cauce para las pedanías -poblaciones dependientes del ayuntamiento de la capital-, que se inicia con las propuestas recogidas por las Juntas Vecinales de cada una de ellas, que posteriormente pasan a la Comisión Municipal y, de ahí, al Pleno. En esos casos, los nombres suelen hacer referencia a los personajes ligados a la historia de esas poblaciones, a los apodos tradicionales de las familias, a sus usos y costumbres o a lugares clave, como el nombre de una acequia, un palacete o un molino. Al final todo depende del grado de objetividad del gobernante de turno y, sobre todo, del sentido de responsabilidad colectiva y de su compromiso con la historia.

jueves, 2 de agosto de 2012

Luis Carandell: el periodismo humanista (y II)

En esta segunda parte del trabajo que dediqué a Luis Carandell, repasamos su etapa como cronista parlamentario, la consolidación de su carrera y su faceta como comentarista, tertuliano y contador de anécdotas. Siempre con la palabra exacta, con el verbo adecuado y con el ingenio a punto, así hablaba Carandell. Lúcido y humilde, es un ejemplo a seguir en esta selva del periodismo.





La transición, el periodismo parlamentario y los años 80

     Una vez muerto Franco, los acontecimientos políticos se fueron acelerando y no hubo tanto tiempo para el humor. Tras haber colaborado en “Cuadernos para el diálogo”, en 1978 entró a formar parte de uno de los periódicos esenciales durante la transición democrática en España, Diario 16, y comenzó su fructífera etapa de cronista parlamentario. En dicho ámbito llegó a ser muy valorado como fino observador de las sesiones del Congreso y, de hecho, después de su muerte se creó un premio con su nombre, el Premio Luis Carandell al Periodismo Parlamentario, que otorga el Senado. Entre los galardonados podemos señalar a Labordeta y, este mismo año 2011, a Iñaki Gabilondo.


     Ya en 1982 y de la mano del Jefe de Informativos de Televisión Española, José Luis Balbín, Carandell empezó a presentar un programa sobre las sesiones del Congreso. Carandell lo explicó así: "Lo que intenté fue conectar el parlamentarismo español de ese momento con el parlamentarismo español antiguo de las Cortes de Cádiz, porque había muchos televidentes que no sabían que la democracia y el parlamentarismo no eran una cosa inventada entonces, sino que tenía raíces que venían de 1810. Hay que pensar que España es el tercer país del mundo que hace una constitución liberal, tras Estados Unidos y Francia. Era muy importante resucitar el anecdotario de las cortes que va desde 1810 hasta 1936”. La brillantez de su planteamiento residió en despreciar a la dictadura demostrando que España era un concepto mucho más amplio que el que impuso el franquismo, y que los cuarenta años de represión habían sido un triste paréntesis en la trayectoria de un país con serios intentos de consolidar la democracia. Esa labor de Carandell se plasmó en los libros “El show de sus señorías” y “Se abre la sesión”, lo que en opinión del periodista, “significó dar el pulso humano y el ingenio de los parlamentarios españoles”. Sin embargo, en sus últimos años se lamentó de que los políticos españoles hubiesen perdido la capacidad de la oratoria: “Ya no hablan, leen”.

     Ya metido en asuntos “serios”, aunque sin perder la mirada despierta y el sentido del humor, Luis Carandell presentó el Telediario del fin de semana entre 1985 y 1987, y llegó a iniciar una edición con unos versos de Lope de Vega, y a acabar otra edición con unos versos de Víctor Hugo. Por entonces, el periodista tenía más que ganada la credibilidad de los españoles. Él mismo contó la siguiente anécdota: "Cuando hacía el telediario se me acercó una señora y me preguntó: "Señor Carandell, ¿qué tiempo le parece que va a hacer este fin de semana? Es que si usted me lo dice me quedo más tranquila"”. En 1987, Luis Carandell presentó un programa puramente cultural en TVE, “La hora del lector”, y en 1989 volvió a la prensa escrita con su trabajo en El Independiente y en El Sol.


Los años 90, conferencias y tertulias

     En 1990, Luis Carandell se incorporó a Antena 3 como presentador de su propio programa de televisión, “Carandelario”, y como contertulio en el programa de radio de Miguel Ángel García Juez. Recordando esta colaboración, Carandell admitía que nunca pasaban del primer tema de la tertulia: “siempre acabábamos hablando de otra cosa. Él tenía unos papeles e iba diciendo las noticias del día, y decíamos “déjese usted de eso, que lo importante de hoy es que me he comido unas pochas con codorniz que estaban extraordinarias””. En 1995 comenzó a colaborar en “Las mañanas de Radio 1”, de Radio Nacional de España, junto a Julio César Iglesias, Eli del Valle, Chumy Chúmez y otros personajes, contando las peripecias del santo del día. Dicha sección derivó en la publicación de un libro, “El Santoral de Carandell”, en 1996.

    El interés por las hagiografías le vino desde la infancia: “Los santos de mi santoral me los contaba mi abuela, y los milagros eran una cosa corriente para mí”. Luis Carandell destacaba un par de ellos: “Esa chica de Ávila a la que persigue un violador, y se mete en una ermita a orar a San Segundo, Patrón de Ávila, y le crece la barba, y luego entra el violador y le dice: ¿ha visto usted a una señorita por aquí?”. Y el raro milagro de San José de Cupertino, “que levitaba, y lo hacía de tal manera que los frailes tenían que atarlo a la pata de una mesa”. A pesar de haber tenido tanto interés en los santos y de haber sido educado en la férrea disciplina de la Iglesia Católica, Carandell expresó sus dudas religiosas aunque no llegara a considerarse ateo al cien por cien: “Ateo es demasiado… De la misma manera que no puedes saber si existe, tampoco puedes saber que no existe. ¿Cómo lo puedes asegurar? Tendrías que tener mucha fe, los ateos tienen mucha fe y yo no persigo tanto”. Mientras participó en “Las mañanas” de Julio César Iglesias, también intervino en la tertulia semanal de “Edición de tarde” de Radio Nacional, junto a Antonio San José.

     Durante los años noventa, además de todas las colaboraciones citadas, Luis Carandell se dedicó a dar conferencias y siguió participando en charlas y debates, o como él gustaba de llamarlas, en tertulias, algo que le apasionó desde siempre. El periodista admitió muchas veces “un gusto desmedido por la conversación”, a la que consideraba “el arte supremo, sin el que no podrían existir los demás”. De hecho, fundó su propia tertulia en la Taberna del Alabardero, en Madrid, junto al periodista ilicitano Vicente Verdú, y a Manuel Gutiérrez Aragón, Félix Santos, Ángel García Pintado, Fernando Castelló, José Antonio Gabriel, Andrés Berlanga o Miguel Ángel Aguilar, entre otros. Estudioso, aficionado y conocedor del asunto, Carandell dio unas claves sobre la tertulia española:


     “Cualquier reunión española que sea habitual, se puede llamar tertulia, aunque los andaluces también llaman tertulia a la fosa común del cementerio, lo que ya es humor negro español. Para la tertulia hay varias reglas y la primera sería tener lugar y tiempo fijos. La segunda es definir si es tertulia abierta o cerrada: en las abiertas puede entrar todo el mundo, y en las cerradas los contertulios se sientan siempre en el mismo sitio y toman siempre lo mismo. También hay tertulias con o sin director, y luego hay una tercera regla que es la que ha mantenido la tertulia española, que es hablar mal de los ausentes. Por eso nadie se marcha y todo el mundo acude”.


     También reflexionó sobre el hecho singular de la tertulia española: "Los españoles nos atrevemos a hablar de todo, y es asombroso. En Alemania no funcionarían jamás las tertulias que se emiten aquí en la radio porque la gente diría, “espere, voy a llamar a un vecino mío que es especialista en esto que dice usted y él se lo contará mejor que yo”. Aquí la gente se lee el periódico y sabe de todo”. Según Carandell, “esto viene de la tradición de la tertulia española, que es tan antigua como España. Aquí siempre se ha conversado por el placer de conversar, siempre se han hecho bromas, siempre se ha discutido de todo y las tertulias tienen una importancia que en otros países no tienen”. Reflexionando a su vez sobre la figura del periodista, Luis Carandell dijo: "El especialista sabe casi todo de casi nada, y los periodistas sabemos casi nada de casi todo”. Quizá por eso prefirió hacer uso de la anécdota en sus debates y tertulias, ya que para él, las anécdotas son “historia en pequeño, y la historia en pequeño ilustra mucho la historia en grande”. Para reforzar dicha opinión, Carandell contaba la anécdota del general carlista que “llegó a la plaza de L'Espluga de Francolí, formó a la tropa ante la iglesia y dijo: ¡Rompan filas y a engendrar carlistas!".


     En esos años Luis Carandell no abandonó su interés por los viajes, y también prosiguió con sus estudios de celtiberismo publicando un nuevo libro, “Diccionario de españología”, en 1998. En él no solo caben las palabras y el origen de expresiones típicamente españolas y más o menos humorísticas, los tacos y otros giros del lenguaje, sino también el sentido de muchas fiestas y costumbres, la gastronomía y otras muestras de la cultura popular de nuestro país, aunando de ese modo dos de sus pasiones (junto a los saberes inútiles, las tertulias y las anécdotas): el lenguaje y viajar. Al respecto, el periodista admitió: "Tengo preocupación por el lenguaje. A veces parece que estoy loco porque voy por la calle repitiendo “mur-cié-la-go”. Me hace gracia. Llamar a las cosas por su nombre es el principio de la reflexión. ¿Por qué se llama murciélago y no cantantuno? El escritor tiene que estar atento, confiar en su oído, en lo que la gente dice por la calle. Si no existieran los demás, no saldría ningún libro”. Completaba dichos argumentos en el prólogo de su diccionario españológico: “No hay mejor juego que el del idioma y nada más divertido y sorprendente que conocer los nombres de las cosas, y aprender de dónde vienen las frases hechas que repetimos sin reparar en ellas”.


El final. De cómo era Luis Carandell en boca de sus amigos

     A partir de 1999, Luis Carandell alternó su participación quincenal en el diario El País con una sección de opinión en el “Hoy por hoy” de Iñaki Gabilondo, en la cadena SER. También escribió sus memorias en dos volúmenes, aunque el segundo no pudo concluirlo. Son “El mejor día de mi vida”, ya nombrado en este trabajo y donde además se da testimonio de la España franquista, y “Mis picas en Flandes”, en el que también cuenta sus peripecias y viajes por el extranjero. Carandell, casado y con dos hijas, murió el 29 de agosto de 2002 en Madrid, a los 73 años, víctima de un cáncer de pulmón. Según se contaba en El País al día siguiente, él mismo había llamado unos días antes a la redacción del periódico para avisar de que ya no podría enviar más colaboraciones, consciente de que llegaba el final. Fue incinerado en el cementerio de la Almudena y sus restos fueron trasladados posteriormente a la localidad de Atienza, en Guadalajara, lugar del que estaba enamorado. En Atienza solía veranear desde los setenta y allí se instaló para pasar los últimos años de su vida.


     “Cuando él empezaba a hablar, todos callábamos. Desgranaba sus conocimientos sin hacer ningún esfuerzo, tenía una memoria siempre dispuesta”. Así se expresó Vicente Verdú tras la muerte de su amigo Luis Carandell. Otro contertulio decía del periodista que “tenía tantas anécdotas, y tan buenas, que era inagotable. Era un genio de la literatura oral”. “Había tanta generosidad en él, que hasta cuando contaba algo contra alguien, ese alguien salía beneficiado”, y añadía que Luis Carandell “tenía el don de la generosidad intelectual”. Según Margarita Rivière, Carandell “era la persona que menos importancia se daba del mundo. La suya no era propiamente humildad, sino una mirada sobre la vida siempre distanciada y con enormes dosis de ironía”. Josep María Castellet añadía que “era amigo incluso de sus enemigos”. Uno de los calificativos más acertados, quizá, de los que recibió Luis Carandell tras su muerte, le llegó a través de una carta al director de El País, firmada por Natacha Seseña: le llamaba “gran microhistoriador”. En ese mismo artículo, su autora afirmaba que “Luis era capaz del más alto humor y, al mismo tiempo, la mayor consideración y ternura, atributos que su inteligencia supo llevar a las más altas cotas. Como niño de la guerra observó todo, que era mucho, quizá en silencio, y lo fue hilando y afinando en el huso de su pensamiento para darlo a los demás en sus artículos, crónicas, libros y conversas”.


     De la huella que Luis Carandell dejó, casi más impactante que todas esas reacciones justo tras su muerte sea el homenaje que recibió en 2010 en Atienza, ocho años después, donde todavía arrancó lágrimas y por supuesto, muchas sonrisas. Organizado por la Diputación Provincial de Guadalajara y por la Asociación Sibilias de Atienza, y con la asistencia de su mujer, sus hijas y un buen número de amigos y familiares, se destapó una placa conmemorativa en la casa donde vivió el periodista, se debatió sobre su figura y su obra y hasta hubo un pasacalles y un concierto de órgano, algo que su viuda, Eloísa Jager, afirmó que “a Luis le habría encantado”. Luis Carandell reflexionó en sus memorias sobre la muerte de su madre, afirmando lo siguiente: "Hay muertes en las cuales el dolor de la ausencia se ve compensado por la admiración ante la forma en que el fallecido vivió. La vida es una obra, y una obra bien hecha debe despertar más aplauso que llanto". En el referido homenaje de 2010 en Atienza, Carandell también obtuvo un nuevo aplauso.


Premios y reconocimientos

     Luis Carandell fue nombrado “Hijo Adoptivo de Madrid” en 1980. Recibió el Premio de Periodismo Madrid 1988, concedido por la Cámara de Comercio e Industria de la capital, y en 1990 se le otorgó el título de "Guía honorario" por parte de la Asociación Profesional de Informadores Turísticos de Madrid. En 1995, el Consejo de Ministros le concedió la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo. Fue miembro del consejo director de la Asociación de Periodistas Europeos, y desde 1993 lo fue también del consejo literario del Centro Internacional del Humor, con sede en Granada. Uno de los galardones que más ilusión le hizo fue el de Caballero Honorario de la Caballada de Atienza, fiestas de especial relevancia en esa población de Guadalajara. Así mismo, el Círculo de Bellas Artes de Madrid le otorgó la Medalla de Oro de la entidad a título póstumo en el año 2002.


Conclusión

     La elección de Luis Carandell para este trabajo de Historia del Periodismo vino motivada por la admiración que sentía hacia el personaje, ya desde aquellas intervenciones en “Las mañanas de Radio 1”, y la primera razón quizá no fuese exclusivamente periodística sino de sensaciones personales: el timbre de su voz, la manera en la que exponía sus historias y contaba sus anécdotas, el tono sosegado y ese aire de persona culta y al mismo tiempo sencilla, me despertaban eso que hoy en día llamamos “buen rollo”. En cualquier ámbito de la vida admiro la sencillez como principio básico, como rasgo de inteligencia, y también la humildad de quien, sabiendo mucho, es consciente de que no lo sabe todo. No lo conocí en persona, así que en la distancia física -pero en la proximidad de la radio, la televisión y la palabra escrita-, Luis Carandell parecía poseer todas esas cualidades: sencillez, una gran cultura y la inteligencia suficiente como para administrarla con humildad.

El primer recuerdo que tengo del periodista es el de presentador del Telediario de fin de semana, aunque ya hubiese escuchado su particular voz en muchas ocasiones. Mis padres lo conocían bien porque durante la transición democrática, y después, además de ser asiduos compradores de Diario 16 siempre estaban al tanto de lo que se cocía en el Congreso de los Diputados. A medida que fui creciendo, y ya no sólo como receptor de información sino también en el intento de someter la información a análisis y crítica, fui diferenciando la actividad y la manera de hacer de los medios y de los periodistas. Y en esa selección de lo que me gustaba y de lo que no me gustaba, y de las razones de tal selección, Luis Carandell siempre estuvo en un plano positivo. Ahora, en las últimas semanas de búsqueda de datos sobre el personaje, después de leer artículos, semblanzas y entrevistas, y de releer en algunos casos, o descubrir en otros, parte de su producción literaria, creo que Luis Carandell ha marcado con su trabajo un camino a seguir. Frente al periodismo servicial, guiado por intereses económicos o políticos, y frente a cierto tipo de periodista dado en pontificar sin tener conciencia exacta de la responsabilidad del oficio y del compromiso con la sociedad, Luis Carandell se muestra como el ejemplo de periodista observador, sagaz y reposado, activo, independiente, no histriónico, lúcido y pertinente. De ese tipo de periodistas que la profesión debe recordar y emular. Eso sí, ya desde hace algunos años, y ahora que lo he vuelto a intentar, me sorprende negativamente lo difícil que es encontrar sus libros en librerías y en algunas bibliotecas, por estar agotados o descatalogados. No entiendo que no se haya hecho una revisión y reedición de su obra, aunque confío en que se contravenga este celtibérico olvido con motivo del décimo aniversario de su muerte, en el próximo verano de 2012.

Bibliografía.
-ABC. Artículo “Muere Luis Carandell, certero cronista de la España cañí”, de Trinidad de León, 30 de agosto de 2002.
-Blog de Iñaki Anasagasti. Artículo “Carandell resucitado”, 20 de julio de 2011.
-Canal 19 TV, Guadalajara. Reportaje “Atienza rinde un emotivo y entrañable homenaje a Luis Carandell”, 30 de junio de 2010.
-“Celtiberia Show”. Luis Carandell. Madrid, 1970.
-Contracultura.es. Entrevista a Luis Carandell, por Raúl Minchinela, 24 de marzo de 2000.
-“Diccionario de españología”. Luís Carandell. Madrid, 1998.
-El País. Artículo “El periodista fundamental en el panorama informativo de la transición”, de Elsa Fernández-Santos, 30 de agosto de 2002.
-El País. Artículo “Un caballero”, de Eduardo Haro Tecglen, 30 de agosto de 2002.
-El País. Cartas al Director. Natacha Seseña, 17 de septiembre de 2002.
-El Periódico. Entrevista a Luis Carandell, por Pau Arenós, 2001.
-La Vanguardia. Artículo “El dolor de la ausencia”, de Oriol Pi de Cabanyes, 22 de septiembre de 2002.
-Triunfodigital.com.
-“Tus amigos no te olvidan”. Luis Carandell. Madrid, 1975.
Pedro Serrano Solana. Diciembre de 2011.

martes, 31 de julio de 2012

Luis Carandell: El periodismo humanista (I)


    En cuarto curso de Periodismo hay una asignatura llamada Historia del Periodismo, y de entre las prácticas que incluye, hay una que consiste en indagar y contar la vida y obra de un periodista de libre elección. No tuve muchas dudas a la hora de escoger el mío: Luis Carandell. Los motivos de mi admiración por este barcelonés-madrileño-ciudadano del mundo se vieron acrecentados al finalizar el trabajo, y ahora lo admiro aún más de lo que lo admiré cuando vivía. Recuerdo con especial cariño su etapa en Las Mañanas de RNE a mediados de los 90, junto a Julio César Iglesias, Chumy Chúmez y Eli del Valle, cuando llenaba las ondas con su inconfundible tono de voz, con su sentido del humor y su ingenio. Ahora que se acerca el décimo aniversario de su fallecimiento (29 de agosto de 2002), creo que es buen momento para hacerle un pequeño homenaje.

    Este trabajo sobre Carandell, sin ser excesivamente profundo ni demasiado largo, excede la longitud de un texto que se pueda leer con comodidad en Internet. Por eso, lo dividiré en dos entregas. Su esquema es el siguiente (en esta entrada incluyo el texto hasta el punto 4):


1.- Los primeros años
2.- De Madrid, al mundo
3.- El Celtiberismo
4.- Más españología
5.- La transición, el periodismo parlamentario y los años 80
6.- Los años 90, conferencias y tertulias
7.- El final. De cómo era Luis Carandell en boca de sus amigos
8.- Premios y reconocimientos
9.- Conclusión
10.- Bibliografía


1.- Los primeros años

    Luís Carandell Robusté nació en Barcelona en 1929, en el seno de una familia acomodada. Hijo de un abogado del Comité Cotoner (algodonero) de Cataluña, era el mayor de siete hermanos. Cuando estalló la Guerra Civil se marchó con su familia a Francia, y poco después regresó a España y pasó algunas temporadas en Mas de Bové, en Reus, junto a sus abuelos. Según contaba el mismo Carandell en el primer tomo de sus memorias (publicado bajo el título “El día más feliz de mi vida”, y que él mismo definía como “la historia de un chico nacionalcatólico convertido a la verdadera fe”), quizá fue allí, con sus abuelos, donde se impregnó de la socarronería del Payés y del arte de contar anécdotas. También allí recibió un cálido impacto de la niñez que luego recordaría siempre: “el olor de la infancia es el olor al pan. Cuando caía algún trozo, la abuela nos obligaba a recogerlo del suelo y besarlo”. Y si para Luis Carandell el del pan era el olor de la infancia, el sabor que le hacía retroceder en el tiempo era el del estofado de su abuela. Siendo adulto, si se encontraba de nuevo con el mismo sabor, en ese momento le venía la abuela “con todas sus reconvenciones”.

    Carandell fue educado de manera rigurosa, algo que ejemplificó del siguiente modo: “Un día se me cayó encima un armario lleno de libros y mi madre me miró: ¿te has hecho daño? No le dio mucha importancia ni llamó a alguien para recogerme del suelo. Somos una generación bastante dura”. En la infancia también tuvo ocasión de vivir un hecho curioso que luego, en la edad adulta, resumiría con la siguiente frase: “soy el único progre español que ha jugado con Carmencita Franco”. Su padre trabajaba en la Junta Técnica y tuvo que pasar un tiempo en Burgos. A veces invitaban a los niños a jugar con la hija de Francisco Franco en el Palacio de la Isla, y durante esas sesiones de divertimento infantil, la mujer del dictador les sacaba bocadillos de mortadela para merendar. Tantas veces se repitió la situación, que quedó impregnada en la memoria de Luis Carandell con el siguiente silogismo: “mortadela igual a Franco”. La única vez que se encontró en persona con él, Franco iba vestido de militar y se disponía a partir para la batalla de Teruel: “me dio un capón y yo le di la mano”. Cuando volvió a casa, el pequeño Luis se lo contó a su madre: "Y eso que yo siempre me he distinguido por ser antifranquista. Así se escribe la historia”. En sus memorias, Carandell afirmó: "Otras personas se formaron con Sartre, Camus o Heidegger. Yo me he formado con la Iglesia Católica y con Franco. Son los dos temas de mi vida y si sé algo más, se lo debo a mis amigos”. Entre los más antiguos, además de Blas de Otero, Rafael Sánchez Ferlosio y Carmen Martín Gaite, estaban su cuñado José Agustín Goytisolo y Mario Lacruz, quienes iban a su casa a hacer funciones de teatro: “Ellos me hablaban de Camus y descubrí la injusticia, me inicié en el periodismo, viajé…”.


2.- De Madrid, al mundo

    En 1947, con dieciocho años, Luis Carandell se instaló en Madrid, se licenció Derecho y en 1952 inició su fructífera trayectoria en el periodismo colaborando con El Correo Catalán. Después llegaría su etapa de corresponsal, casi diez años en los que viajó y conoció mundo: “Naufragas en una época y viene un barco de guerra y te salva. Tal vez el barco de guerra para mí fue salir de España y ver un poco la realidad del mundo”. Luis Carandell lo recalcó siempre que pudo: “he tenido la suerte de viajar mucho gracias al periodismo y gracias, quizá, a un cierto arrojo. El mundo es el sitio más bonito del mundo”. De ese modo descubrió El Cairo, Tailandia, Singapur, Ceilán, Calcuta, la Unión Soviética y Japón, y desde allí envió crónicas que se publicaron en El Noticiero Universal y en otros medios españoles. Esos años de periodismo, principalmente en Oriente, de viajes y de curiosa observación, acrecentaron su cultura aunque nunca alardease de ello. La humildad sincera y no forzada de Luis Carandell se expresaba a veces de este modo, sin ambages, ya en los últimos años de su vida: “tengo fama de saberlo casi todo pero soy un impostor, lo soy en muchos aspectos”. Otro saber que el periodista se trajo de Oriente, de los que más le gustaron por considerarlo inútil, fue la papiroflexia. Con ella impresionaba a los niños y llenaba las mesas y los suelos de las redacciones donde trabajó, a escondidas, recogiendo después el asombro y admiración de sus compañeros de oficio. No fue el único saber “inútil” que cultivó, ya que también le gustaban los muñecos de trapo y “las artes pobres” en general. Carandell decía que “cuando se busca la pura utilidad, no se hace nada de provecho”. En mitad de ese periodo de corresponsal, de esos años de papiroflexia, viajes y absorción de cultura, Luis Carandell hizo un pequeño paréntesis para contraer matrimonio en España con Eloísa Jager, con la que más tarde tendría dos hijas.




3.- El Celtiberismo

    Las corresponsalías en tierras lejanas también le dieron a Luis Carandell una perspectiva impagable sobre todas las cosas, pero por encima de todo sobre nuestro país: “el hecho de haber pasado tanto tiempo fuera de España hace que cuando vuelves, la veas como si fuera un país extranjero y te des cuenta de cosas que los que están permanentemente en su ciudad no perciben tanto”. A partir de 1968 comenzó a colaborar con la mítica revista semanal Triunfo, donde también escribía gente como Manuel Vázquez Montalbán y Chumy Chúmez. El editor de Triunfo, José Ángel Ezcurra, pidió a Carandell que hiciera algo cómico que fuera fácil de leer, ya que se trataba de una publicación muy seria y que necesitaba un toque de humor, y él se destapó elaborando una jugosa sección a base de seleccionar una serie de hechos que definían el carácter e idiosincrasia de los españoles, o lo que es lo mismo, de los “celtibéricos” (término que el periodista tomó de José Ortega y Gasset). El material se componía de noticias de otros periódicos nacionales o locales, anuncios publicitarios, hojas parroquiales, estampitas y cualquier asunto de fabricación patria. Con Triunfo, Luis Carandell vio revalorizada su firma y alcanzó gran popularidad, además de granjearse también un buen número de enemigos. La personalidad inquieta y la capacidad de observación del periodista no pudieron encontrar mejor escenario que la España de finales de los años 60, un país aún gobernado con un régimen dictatorial, pero donde el turismo extranjero comenzó a provocar un enorme choque cultural dando lugar a sorprendentes circunstancias y hechos paradójicos. Un turismo principalmente de sol y playa, nada menos, de bikini y destape. Así explicaba el propio periodista su objetivo: “se trataba de mostrar aspectos en parte bárbaros, en parte cómicos de la realidad española”.

En aquella España se daban al mismo tiempo cosas como ésta:


Situaciones como ésta:


Y anuncios de prensa como los tres que siguen:





    Y si el valor de Celtiberia Show fue retratar una parte importante de la historia de España, más valor adquiere por el momento en el que Carandell lo llevó a cabo, justo cuando todo eso estaba sucediendo y sorteando con brillantez a la censura todavía vigente. Según él mismo contaba, “Triunfo era una revista muy formal, muy seria, la gente la llevaba debajo del brazo para que se notara que no era franquista… Nosotros los llamábamos “los del sobaco ilustrado”. El grupo inicial eran Monleón, Moreno Galván, Haro Tecglen, De los Ríos, Márquez Riviriego… La revista se hacía prácticamente con colaboraciones, había muy poca redacción y lo que se hacía era una revisión intelectual que no ocultaba la política, aunque la disimulaba. Entonces no se podía hacer política, y esa revista estaba más o menos consentida por el poder porque sabían que estaba dirigida a los intelectuales, y que el resto pues no la entendían y les daba un poco igual”. El “desprecio por la cultura” del régimen franquista permitió a Triunfo avanzar de puntillas sobre la censura, aunque en algún momento se traspasó el límite y la revista llegó a ser secuestrada. Carandell lo contaba así: “quedamos todos como una especie de oposición al régimen y tuvimos alguna llamada de algún tribunal, pero no muy seria, porque como nos refugiábamos en el sentido del humor, los jueces acababan riéndose y no incoaban el proceso porque lo encontraban cómico”.

    A Luis Carandell se le calificó de muchas maneras durante su carrera, y una de ellas fue la de “francotirador castizo”. Con Celtiberia Show asistimos a todo un ejercicio de periodismo del más alto nivel, en el que el profesional de la observación y de la transmisión de información es capaz de ponernos frente a una penosa realidad en bruto, seleccionando unos hechos concretos y colocándolos en el orden apropiado; calificándola sin el más mínimo comentario y pasando por encima de la censura sin mancharse los pies. Según Carandell, “no hace falta adjetivar, no hace falta decir que usted es un burro, sino que basta con decir la burrada que el burro ha dicho para que se vea que es un burro. Si además se califica, parece que se quiera influir en el lector. Yo he querido siempre describir la realidad a través de lo que la misma realidad dice, sin necesidad de muchos comentarios”. Afirmó que la tarea de recopilar el material para la sección de Triunfo fue laboriosa al principio, pero que más tarde “empezaron a lloverme historias, papeles, estampitas, programas, recortes… De toda España. Es decir, me convertí en una especie de papelera celtibérica. La dificultad estaba en seleccionar”.

    En 1970 llegó el libro que reunía parte del material aparecido en Triunfo, “y tuvo una difusión extraordinaria que yo no podía siquiera imaginar”. La sección no había terminado, y lo que siguió después fue la publicación de una segunda parte que no alcanzó las cifras de ventas de la primera. En el prólogo del primer volumen, Luis Carandell completaba la definición sobre su Celtiberia Show: “Se trata de un museo o museíllo, donde las piezas, casos, perlas, joyas, cuadros, monumentos y tesoros del celtiberismo se alinean en abigarradas vitrinas. Son casos reales que por su carácter de objetos museables no requieren otro comentario que el meramente aclaratorio de su significado. El lector podrá comprobar que siempre que me ha sido posible (y no siempre me ha sido posible, porque no estoy inmune a las explosiones de un comprensible e hispánico cabreo), me he abstenido de sacar conclusiones o extraer moralejas de las piezas reunidas en mi galería”.

Otros ejemplos de Celtiberia (libro muy recomendable y sin desperdicio):

Un libro de cocina (de Juana Oller y su equipo de doce amas de casa), revisado religiosamente por un cura, porque ya sabemos lo sexuales y blasfemas que pueden llegar a ser algunas frutas y hortalizas.

Los capitalistas ya estaban cansados en los 60, imaginaos cómo están ahora con las crisis.

Los botones de hotel, mejor chiquiticos.

"Niña simpática de 6 años se ofrece para publicidad para pagar colegio".

No nos extrañe que este año vuelvan los procedimientos de los años 60.

Y el colmo de aquella España, estampitas como ésta: misas y oraciones en honor de Hitler, quien, por supuesto, murió luchando (que nadie se entere de que se suicidó, que eso era pecado).

4.- Más españología

Ya en la década de los 70, Luis Carandell trabajó para Informaciones, Por Favor y Diario de Barcelona, pero no abandonó su interés por la observación inteligente y por la plasmación irónica de la realidad de España en una época de transformación. Uno de sus reportajes para Triunfo consistió en embarcarse en un Seat 127 junto al fotógrafo Javier Miserachs, y recorrer la costa española durante todo un verano. Y otro proyecto excepcional de estos mismos años fue la biografía del fundador del Opus Dei, trabajo imprescindible que finalmente llevó al papel en el libro “Vida y milagros de Monseñor Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei”, en 1975. A finales de los sesenta el Opus Dei “era la fuerza moderna y tecnocrática que salvó al franquismo de una decadencia que ya era patente a través del desarrollo económico”. Según Carandell, el consejo de Escrivá era “identificar el éxito en la tierra con el éxito en el cielo, santificar el trabajo”, y desde luego, según esa lógica, el trabajo del propio Carandell para hacer la biografía del fundador del Opus Dei debió convertir en santo al periodista: “me costó bastante, tuve que viajar por todos los lugares donde él había estado, el lugar donde había nacido, el seminario donde había estudiado, los comentarios de sus amigos y algunos familiares, y los comentarios de los que lo habían conocido, porque no tuve ocasión de verle a él. Me negaron el acceso a él pensando que yo iba a escribir una cosa contra él, cuando lo que quería era escribir una cosa sobre él”.

El celtiberismo del fundador del Opus Dei se puede comprobar en el comentario que Escrivá de Balaguer le hizo a un invitado, en referencia al suelo de ónice de su salón: “¿ve usted este suelo? Pues está hecho de esas piedrecitas con las que las señoras ricas se hacen anillos”, o esa otra circunstancia descrita por Luis Carandell, cuando decía que Escrivá era capaz de “coger una imagen del niño Jesús en medio de una reunión de estudiantes, y ponerse a darle besitos al niño Jesús: muá, muá, muá… Esta es una escena cómica que para una película sería impagable”. Y prosigue Carandell: “con contar eso ya no necesitas decir “mira cómo era este señor”, sino simplemente contarlo, y esa es la técnica que empleé”. A pesar de las dificultades para realizar el trabajo, Carandell negó que luego recibiera represalias por parte del Opus Dei, aunque sí que contó que “supe de un señor del Opus que había entrado en una librería, había comprado mi libro de Monseñor Escrivá y había empezado a romper las páginas para mostrar el desprecio, pero nunca me ha pasado que un responsable del Opus me impidiera escribir en un sitio”.



En ese mismo año de 1975 vio la luz otro proyecto celtibérico sobre el que el periodista ya llevaba tiempo trabajando, el libro “Tus amigos no te olvidan”. Carandell explicó que “como tenía un material tan amplio de cosas de todo tipo en Celtiberia Show, había algunos aspectos de epitafios, necrológicas… Me había dedicado durante un año a recorrer cementerios, que es una cosa por la que tengo debilidad, y encontré cosas fantásticas”. El periodista se mostró como tal ya en las primeras líneas del libro, comenzando el prólogo con un brillante “La muerte es un tema que estuvo siempre, y sigue estando, de rabiosa actualidad”, y después constató cómo, en la España contemporánea (aquella de los 70), la muerte había sido desplazada y apartada de la vida cotidiana, y las costumbres funerarias de los españoles estaban abandonando su típica teatralidad. En las páginas del libro encontramos todo tipo de asuntos celtibéricos relacionados con el tema: ritos funerarios, empresas del sector, esquelas, supersticiones… Entre los epitafios, Carandell destacaba aquel que decía: “Marianita, nos dejaste a los tres meses; ¡Qué pronto empezaste a darnos disgustos!”. Siempre interesado en el lenguaje, Carandell también constató la habitual presencia de la muerte en muchas expresiones cotidianas de nuestro idioma: una bebida fuerte “levanta a un muerto”, cuando uno se desembaraza de un problema “se quita el muerto de encima”, cuando está cometiendo un error grave “está cavando su propia sepultura”, o aquella otra expresión que Carandell, citando a Ramón Gómez de la Serna, afirmaba que contenía la más profunda reflexión sobre la vida y la muerte: “estoy hecho polvo”. “Tus amigos no te olvidan” concluye con otro momento brillante. El periodista nos cuenta el caso de un cartero que tuvo que devolver una carta al remitente porque el destinatario había muerto, y para justificar la devolución, el funcionario escribió en el sobre: “Murió sin dejar señas”.

Próximamente colgaré la segunda parte de este trabajo, donde se cuenta la etapa de la transición a la democracia en España y los esfuerzos de Luis Carandell por retomar la actividad del periodismo parlamentario, en la que tuvo un merecido éxito.

jueves, 5 de julio de 2012

El tonto del haba sobre ruedas

En la ópera prima de Steven Spielberg, "El diablo sobre ruedas" (1971), un respetable ciudadano se las ve culo a cara con un camión que tiene como único afán tocarle las pelotas, perseguirlo y sacarlo de quicio por el simple placer de hacerlo; sólo por joder. En la peli no se le llega a ver nunca la jeta al conductor del camión. Suponemos que existe y que es un tipo rudo, con problemas emocionales o simplemente con digestiones pesadas; otra explicación es que sea cosa del propio camión, que, harto de ser adelantado y vejado por los turismos y de sufrir el duro día a día de la polvorienta carretera interestatal, decide cobrar vida, tomarse la justicia por su rueda y hacérselas pagar al primer muerto de hambre que pasa por allí; una tercera explicación es que, como indica el título de la película, don Belcebú, Satán, Lucifer o el diablo "in person", que son el mismo personaje, decide calzarse pantalones vaqueros, chaleco acolchado y una gorra de los Yankees, ponerse al volante de un mega-trailer americano y divertirse a costa de un sano contribuyente medio cualquiera. Hoy por hoy, muchos conductores viven una experiencia similar a la del acosado conductor de la peli de Spielberg a lo largo y ancho del planeta. Aunque el vehículo acosador no sea un camión sino una moto o un coche, y el que lo lleva no sea el diablo sino cualquier idiota de tres al cuarto, cada día nos vemos acosados durante más o menos tiempo en nuestras calles, carreteras y autopistas. Cada día vemos de cerca o de lejos al "Tonto del haba sobre ruedas", e incluso nosotros mismos nos convertimos sin darnos cuenta en "Tontos del haba sobre ruedas" para un tercer e inocente individuo. Y cada día pensamos aquello de "no pasan más cosas porque Dios no quiere".

Una escena de "El diablo sobre ruedas", de Spielberg: el camión tenía ganas de marcha y no llevaba limitador de velocidad.

No sé si la psicología se ha dedicado a estudiarlo en profundidad, pero si no es así, no sé a qué esperan: creo firmemente que el comportamiento humano, con lo relacionado a los coches y a la conducción, refleja todos nuestros defectos más primarios como especie. Nos embrutece hasta extremos insospechados. Creo que el tipo más bueno del planeta, por muy buena voluntad que le ponga al asunto, acaba por traicionarse a sí mismo para sobrevivir en ese mar de gilipollez generalizado que es el asfalto. Ahí, sobre el asfalto, es donde más relaciones trazamos con nuestros semejantes al cabo del día. Ni en las redes sociales que ahora parecen la repera limonera, ni en el clásico bar ni en la cola de la frutería; al volante es donde más nos cruzamos unos con otros, vayamos al manillar o al volante, o vayamos andando. Ahí es donde más nos comunicamos (o incomunicamos). El latir de las personas se deja ver ya desde el mismo momento en el que elegimos el coche: sea más o menos caro, más o menos grande, todos nos enorgullecemos del coche que  nos hemos comprado, lo enseñamos como una pieza de caza y fardamos si procede. Lo exhibimos como el pavo real muestra su emplumada cola multicolor. Da un poco de cosica, ¿no? Y luego nos mostramos cuando lo conducimos: cuando no nos ponemos el cinturón de seguridad o no se lo ponemos a los críos; cuando vamos demasiado deprisa; cuando nos pegamos al coche que circula delante de nosotros en la autovía; cuando negamos el paso a quien nos lo pide aunque no nos cueste nada hacerlo; cuando nos paramos absurdamente en mitad de un cruce, bloqueándolo y jodiendo a los que han de atravesarlo (tenga o no tenga pintadas las cuadrículas amarillas, esas grandes desconocidas); cuando no dejamos pasar a los peatones en un paso de cebra aunque sea un padre con un carricoche o una anciana con un andador; cuando no ponemos el puto intermitente aunque sea gratis; o cuando hacemos de las rotondas un peligroso concurso de imbecilidad egoísta, en lugar de convertirlas en una ocasión para mostrar algo de educación y de cordialidad circulatoria. Nos mostramos como un libro abierto al volante cuando agobiamos al chaval que está aprendiendo a conducir en un coche de autoescuela, o cuando le pitamos a ese anciano dubitativo, que circula un poco despistado porque le han cambiado la ciudad y porque conducir ya no es lo que era.

Las rotondas, o "acelero para no dejarte pasar, te pito cuando lo haces bien y no pongo el intermitente aunque me paguen por ello"

El tonto del haba sobre ruedas trasnochador y el tonto del haba sobre ruedas madrugador casi se cruzan en ese fino hilo que separa la noche del alba, pero su comportamiento es idéntico: egoísta y ególatra, listillo y apañado, acelerado, chulo y soberbio, agresivo y violento... El asfalto, el que preside y ahoga nuestras ciudades y el que se vierte sobre la planicie, extendiendo sus redes en miles de kilómetros y uniendo ciudades, es hoy en día una selva salvaje, un sálvese quien pueda sin árboles. El tonto del haba sobre ruedas no necesita ir agarrándose de las ramas, tan sólo tiene que apretar el acelerador sin mucho sentido; sin ningún sentido. Tenga o no tenga prisa, debe circular a todo trapo aunque le cueste pagar más gasolina, aunque con ello contamine más y aunque, cágate lorito, ponga su vida y la de los demás en peligro. Y ojo, no se te ocurra pitarle, no gesticules ni muevas una ceja, que todavía sale del vehículo y se atiza unos golpes de pecho como King Kong, para acojonarte. Psicólogos, estúdienlo si no lo han hecho ya; plasmen qué es lo que tiene el volante, ese que tantas veces transforma al ser humano normal en idiota, y al idiota en gilipollas sin remedio. Estúdienlo y dígannoslo para ver si se puede cambiar con un poco de trabajo mental y respiratorio, añadiéndole un poco de civismo y de sentido del humor a ese acto cotidiano de sentar el culo en el coche y mezclarnos los unos con los otros sobre la enorme red social que es el asfalto.

Homer Simpson con los ingenieros de Audi, diseñando su coche ideal: el Q7

Crisis de valores y de sistema.