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jueves, 23 de enero de 2014

Un pedacico de Roma

Llevo ya bastante tiempo sin hacer visitas guiadas por el centro de Murcia y lo echo un poco de menos, la verdad. En especial me gusta explicar la plaza Belluga, pero casi más que explicarla, lo que me gusta es atravesarla de parte a parte y reflexionar sobre ella.


Cada vez que camino por alguna de las callejuelas que confluyen en la plaza del Cardenal Belluga, me preparo mentalmente y me imagino que nunca he estado allí: procuro mirarla siempre con ojos nuevos y respirarla como si fuera la primera vez. Esa es una de las cosas que suelo decirle a los grupos de turistas, a los que a veces recojo en la misma plaza. Los aparto, me los llevo por la calle del Arenal y les hablo: "Imagínense que estamos en el siglo XVIII y que jamás han visitado Murcia; que jamás han visto esta plaza de la que acabamos de salir, ni la fachada principal de la Catedral ni el Palacio Episcopal, a los que seguro que ya les han echado alguna foto mientras esperaban". Entonces les explico que vamos a entrar en una plaza barroca, y que el barroco es lo que tiene: el barroco es sorpresa, es teatralidad. Les digo que en las plazas barrocas existe el concepto de dentro-fuera: que no se domina el espacio hasta que te metes y mueves tu cabeza en todas direcciones; les explico que, en el caso ideal, a una plaza barroca no se llega por una avenida recta desde la cual se pueda anticipar lo que te vas a encontrar después. Por ejemplo, Mussolini le jodió a Bernini su invento para la plaza barroca de San Pedro del Vaticano con la apertura de la Vía della Conciliazione (los dictadores y su puñetera manía de hacer avenidas rectas para desfilar), pero lo normal es que, si se ha respetado su esencia, la plaza barroca te pille siempre por sorpresa.

Volviendo a Murcia y enlazando con lo anterior, otra cosa que me gusta decirles a los turistas, y que no he leído sino que he concluido yo mismo después de algunas reflexiones, es que a la plaza Belluga le ayuda mucho el lugar en el que se diseñó. Hablamos del corazón de una ciudad medieval árabe, de una población nacida de la nada sobre un espacio bastante llano; hablamos pues de un urbanismo barroco, pero no del siglo XVII o XVIII sino del siglo IX. ¿Acaso no son las calles medievales de Murcia, tortuosas y zigzagueantes, un espacio de incertidumbre y de sorpresas? El sentido con el que la ciudad fue pensada en época medieval está muy alejado del efectismo sensual propio del estilo barroco, pero para el caso, no importa. Las calles árabes crean muchas esquinas (muchos 'picoesquinas', podríamos decir), muchas curvas y recurvas, y sin proponérselo, contribuyen a intensificar la premeditada idea de teatralidad barroca que alcanza su clímax en la plaza de Belluga: aquí no hay Vías de la Conciliazione ni Gran Vías, no hay calles rectas y anchas que aborden de lleno la plaza, sino que se llega a ella a través de calles estrechas y cortas que convergen en las esquinas. No se puede ver toda la plaza, y tampoco se pueden ver las fachadas que se reúnen en torno ella, hasta que se accede completamente. 



Vamos caminando despacio, acercándonos poco a poco, doblamos una esquina y de pronto... ¡Pam! Ahí está la plaza: ante nosotros se plantan el gran imafronte de la catedral, la mole de piedra del campanario (que aunque está al otro lado del templo, aparece visualmente incorporado a su fachada y al paisaje de la plaza), la gracia del Palacio Episcopal con sus muros pintados y su balcón central, la fila de naranjos al otro lado, una serie de edificios discretos y supervivientes, y sí, hasta el Moneo (construcción a la que algunos aún le niegan el saludo pero que a mí me gusta). Si nos fijamos, vemos que la plaza no es cuadrada ni rectangular; es un trapecio con sus líneas abiertas hacia la fachada de la Catedral, que ejerce de telón de fondo y foco de atracción. Este tipo de plaza ya fue empleado por Miguel Ángel en el Campidoglio de Roma, y tiene como fin procurar una visión más cómoda del edificio más importante, una perspectiva que evite la sensación de que el edificio protagonista queda aprisionado por las fachadas laterales.



La fachada principal de la catedral, retablo barroco en piedra y decorado en el que se plasman algunas de las andanzas de nuestro reino, se lee mejor de frente, pero se siente mejor de lado. Es decir, que para desentrañar su mensaje, la visión frontal es la idónea, pero para apreciar su lenguaje, lo ideal es admirarla de costado: desde ahí vemos cómo se adelanta y cómo retrocede, cómo invade el espacio urbano y se deja invadir por él mediante las líneas curvas y convexas. Sus columnas gigantes sobresalen como si fueran grandes esculturas. La piedra se mueve aunque esté quieta, y podemos detenernos en sus múltiples detalles, en sus frutos, guirnaldas e instrumentos musicales tallados en relieves de factura exquisita. Conocerlos todos es como saberse de memoria la guía de teléfonos. Yo aún no lo he conseguido.

La plaza de Belluga es también su cielo y su suelo, y no sé si me atrae más cuando el azul puro y la luz intensa de Murcia bañan las piedras a mediodía, o cuando, en días de lluvia, cae el gris plomizo y la Catedral se refleja en los charcos, o cuando se hace de noche y se encienden las luces. Pero sea la hora que sea, llueva o haga sol, me encanta abrir bien los ojos, el olfato y el oído. Y me encanta pasar junto a la Escuela Superior de Arte Dramático y Danza, y escuchar un piano, una guitarra española o el taconear rítmico y apasionado de decenas de pies contra un suelo de madera mientras admiro ese espacio urbano. En esos instantes se respira un ambiente de cultura, de paz y de sosiego muy esperanzador, pero como estamos en Murcia, hasta en la Plaza de Belluga hay descuidos, patadas en la entrepierna del más elemental sentido estético y del respeto al patrimonio. Algunas chapas metálicas con los nombres de las calles, o el manojo de cables y las pintadas que adornan la Escuela de Arte Dramático. Y en cuanto a la reforma que hizo del lugar el arquitecto Rafael Moneo a finales de los 90, me pareció acertado que se trasladaran los naranjos que había frente al Palacio Episcopal, la eliminación de los parterres y resaltar los ejes principales de la plaza con las líneas blancas del pavimento, pero no estoy seguro de si fue buena idea el cambio de ubicación de la fuente, cuyo espacio fue ocupado por un sumidero.



Una de las cosas que les digo a los turistas, y que además, la digo con conocimiento de causa, como historiador del arte y como un enamorado de Roma, es que la plaza del Cardenal Belluga, con todos sus edificios y en especial con la fachada de la Catedral de Murcia, podría estar perfectamente en la Ciudad Eterna y no desentonaría. Y más: sería mundialmente conocida, y estaría plasmada en millones de estampas, postales y fotografías como lo están otros rincones de la maravillosa Roma. Puestos a pedir, pediría una guinda que me imagino muchas veces cuando estoy en la Plaza Belluga: que hubiera una fuente en el centro de la plaza, pero no la que había antes sino una de Bernini. Por ejemplo, imagináos que tuviéramos en el centro de nuestra plaza la Barcaza de Pietro Bernini, una de mis fuentes romanas favoritas, esa que está a los pies de la escalinata de la Piazza d'Espagna. O la fuente del Tritón de su hijo Lorenzo Bernini... Me conformaría con una réplica, o con una fuente distinta y más normalica.

Para acabar, una última reflexión: además del barroco genial de la Plaza Belluga, hay otra cosa que me sorprende, y es que esa plaza esté en Murcia. Me sorprende que se llevara a cabo en nuestra ciudad un proyecto como el de la fachada principal de la Catedral, que, aunque reducido con respecto a los planes iniciales, no tiene nada que envidiar al mejor barroco francés o italiano. Me sorprende también que se hiciera el Palacio Episcopal, y sobre todo, que ese espacio y sus edificios hayan sobrevivido a la especulación, una práctica tan acostumbrada a vestirse en Murcia con el manto legitimador del progreso, la modernidad y el bienestar común, y tan proclive a justificarse con desdén en el poco valor material y moral de nuestras cosas. En Murcia nos hemos tragado esos argumentos muchas veces a lo largo de la historia, y hemos visto caer a golpe de pico y barreno muchos monumentos que ya no volverán. Por todo ello, me encanta caminar por la Plaza Belluga y admirarla con ojos siempre nuevos, y agradecer nuestra suerte porque al menos seguimos teniéndola.

sábado, 12 de mayo de 2012

Entrevista a José Antonio Trigueros - Director del Museo de la Catedral de Murcia

José Antonio Trigueros (ENFOQUE/LV)


"El museo sigue abierto
porque hemos sido un poco héroes"


El fin de las subvenciones de la Consejería de Cultura deja en el aire el futuro de la institución



La crisis extiende sus efectos negativos a todos los ámbitos de nuestra sociedad, y de entre ellos, la cultura aparece como uno de los más indefensos por generar un beneficio a largo plazo y difícilmente calculable en términos económicos. En enero de 2011 cerró sus instalaciones el Museo Chillida-Leku; en marzo de 2012, el Museo de la Catedral de Murcia -que fue reinaugurado en 2007 tras varios años de acondicionamiento y mejora- anunció su cierre inminente por falta de dinero. Una pequeña inyección económica de la comunidad autónoma ha permitido a la institución continuar su labor, pero el futuro aún es incierto. Su director José Antonio Trigueros no desiste en el empeño.

Pregunta: ¿Cuál es la situación del museo un mes después de haber evitado el cierre?
Respuesta. El museo no está definitivamente salvado. Estamos haciendo gestiones para tener consistencia. La Consejería de Cultura nos ha dado sólo una cuarta parte de la subvención que nos deben, y que teníamos acordada y firmada para el año 2011. Aunque la expresión es un poco bárbara, estamos con la soga al cuello, y lo que hemos hecho es dirigirnos a una serie de personas que pensamos que pueden ayudarnos. Les he escrito una carta exponiendo nuestra situación, y les he dicho que queremos visitarlos para ver si quieren colaborar con nosotros y ayudar a que el museo siga abierto.

P. Cuando dice que han contactado con personas, ¿se refiere al sector privado, o a la propia administración pública?
R. Hay de todo. Nos hemos fijado en las personas y en su capacidad de recepción, en su cargo, y sabiendo además que tienen buena voluntad, que se van a fiar de nosotros y van a querer colaborar por las piezas de arte únicas que conserva el museo.

P. El Museo de la Catedral es de los pocos de la ciudad que cobra un precio por la entrada. ¿No es suficiente con ese recurso?
R. No, el gasto es mucho mayor. Poner en marcha un museo supone contar con guías, seguridad, limpieza, electricidad, conservación... Para que funcione bien hay que contar con todos esos gastos y nosotros no malgastamos ni un céntimo. No queremos cobrar una entrada muy grande para que la gente no se retraiga, pero quizá tengamos que revisar el precio, con moderación, porque sabemos cómo está la situación.

P. ¿Qué gastos se pueden cubrir con la venta de entradas, y cuáles con la subvención?
R. Con la subvención se cubría todo el gasto del museo. Lo que se saca de las entradas da para cubrir gastos accesorios y, digamos, pequeñas cosas. Se cobra una entrada simbólica y queremos seguir así, si podemos.

P. Además del dinero público, ¿existe posibilidad de contar con algún patrocinio por parte del mundo empresarial?
R. Hasta ahora teníamos un convenio firmado con la Consejería de Cultura por el que nos abonaban 240 mil euros anuales. En 2011 no lo cobramos, y después de tener una conversación un poco áspera, nos han dado una cuarta parte y nos han dicho que en 2012 no van a dar nada. Entonces nos hemos puesto en contacto con una serie de personas y entidades que quizá quieran ser nuestros mecenas, para explicarles las necesidades del museo y cubrirlas. No queremos ganar dinero, pero sí que hay que satisfacer unos gastos mínimos.

P. ¿La Diócesis de Cartagena no dispone de un fondo para contribuir al mantenimiento del museo?
R: No, de la Diócesis no recibimos ni un céntimo porque el Obispado tiene muchos gastos.  El museo funciona como una cosa del Cabildo de la Catedral, al que rendimos cuentas a final de año. Esas cuentas también las ve el señor Obispo, porque ésto es un bien eclesiástico. Del año 2011 no tenemos nada que presentar y el Cabildo no tiene fondos. La Catedral se mantiene... Lo único que percibimos los canónigos es el expendio de la misa: diez euros al día.

P: ¿No se han planteado cobrar la entrada para visitar el templo, como sucede en otras catedrales?
R: Lo hemos pensado, y si lo hacemos, será para cubrir las necesidades de la misma Catedral, porque no llegamos. Hemos pensado hacer visitable museisticamente la Catedral previo pago durante determinadas horas del día.

P: ¿Cuántas personas trabajan en el museo actualmente?
R. Diez personas, entre los vigilantes que están día y noche, los guías, la limpiadora... Además, se sube a la torre de la Catedral, que es una de las cosas que más gusta al visitante, y hace falta personal. Hace años se subía a la torre sin control y se estaba deteriorando. Ahora se sube con un guía y con seguridad, y se explica el campanario.

P. A corto plazo, ¿cuál puede ser la solución para que la institución que usted dirige permanezca abierta?
R. Vamos a ver el resultado de las cartas que hemos enviado a estas personas, para ver si quieren comprometerse con el museo. Con sacar dinero para cubrir los gastos, es suficiente. No queremos ganancia alguna, ganar dinero no es nuestra finalidad; es presentar nuestro material artístico para disfrute del visitante.

P. En la actualidad, cualquier cosa que no aporte rentabilidad económica inmediata parece estar en peligro, pero es difícil que un museo genere beneficio.
R. Sí, sí, y por eso depende de las personas a las que hemos escrito. Hemos procurado que sean personas un poco sensibles a los valores artísticos de un museo de esta categoría, para que no lo vean como una cosa disparatada sino  como algo en lo que merece la pena colaborar para seguir funcionando y mostrando piezas de gran valor. Sabiendo que son personas de buen criterio, esperamos que la carta que les enviamos la semana pasada pueda tener efecto. Entre entidades y personas, son unas diez o doce personas.

P. El cierre sería un desastre en todos los sentidos.
R. Sí, y hemos estado a punto. Sigue abierto porque hemos sido un poco héroes. En estos cuatro meses que llevamos de 2012 estamos funcionando con palicos y cañicas. Hemos hecho filigranas con el poco dinero que nos quedaba, y ahora tengo que pedir prestados dos mil euros a la Catedral para pagar unos gastos pendientes.

P. En el peor de los casos, imagine que el museo cierra: ¿qué pasaría con las diez personas que pierden su empleo, con las obras de arte y con la torre?
R. No sé si por ser un poco utópico, a mí me parece que las personas a las que nos hemos dirigido, que tienen buen criterio, se fiarán de nosotros. Quiero creer que no se va a dar el caso, pero si tuviéramos que cerrar, lo sentiría y me dolería muchísimo.

-> Entrevista realizada a mediados de abril, como ejercicio de prácticas de 4º de Periodismo.
-> Muchas gracias por su amabilidad y ayuda a José Antonio Trigueros y a Raquel Trigueros.




Crisis de valores y de sistema.